Los negocios con el ciclismo com excusa

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En una visita a la zona de salida de la Volvo Ocean Race en Alicante durante los días previos a que los siete pusieran rumbo a Ciudad del Cabo en 2014 me llamó mucho la atención, acostumbrado a los mucho menos lujosos ambientes del ciclismo, el espejismo que la organización había sabido crear entre los aficionados de a pie, para los que reservaban la ilusión óptica de estar codeándose con lo más granado del mundo de la vela cuando en realidad ese privilegio estaba únicamente reservado a sus invitados VIP. Eran ellos, sólo ellos, los que tenían permitido el acceso a algunas zonas de la llamada Zona Volvo del puerto de Alicante.

Incluso nosotros, la prensa, teníamos vetada la entrada a según que carpas. Normalmente, todo sea dicho, aquellas en las que sugerentes señoritas y musculosos muchachotes esperaban, con la mejor de sus sonrisas, a los verdaderos VIP’s para acompañarlos al interior. El público, el ciudadano de a pie –que desconozco si tenía que pagar entrada para acceder al reciento–, como decía, pensaba que formaba parte de ese circo porque podía pasear a pocos metros de los barcos, cuyas tripulaciones se afanaban en dejar preparados tras la “in port trace”, igual que los VIP’s.

Pero había dos detalles que diferenciaba a unos y a otros. Uno, menos sutil, los relojes, joyas, prendas de vestir y demás parafernalia que lucían unos sobre los morenos antebrazos que asomaban bajo las mangas del imprescindible polo con la franja rojigualda al cuello y otro, casi imperceptible, una pulsera. Una pequeña y casi imperceptible banda a la muñeca que, con disimulada mirada escondida tras los negros cristales de sus gafas de sol, servían a los securatas para distinguir entre aquellos que sí podían entrar a la carpa de turno y de los que podían seguir disfrutando con su espejismo.

Ese mundo separado por pulseras o acreditaciones, pero sin vallas ni barreras físicas realmente visibles ha llegado al ciclismo. Lo hizo hace algún tiempo, pero no ha dejado de crecer desde entonces. Y no, no estamos hablando de ninguna de las carreras que se organizan en esta España nuestra. Aquí, por supuesto, sigue siendo la valla metálica la que sirve para separar al aficionado que se desgañita animando a los corredores –y siendo, en la mayoría de los casos, ninguneados por estos, que de un tiempo a esta parte parecen tener una agenda tan apretada que no les permite firmar algún que otro autógrafo– del patrocinador local, VIP pone en su acreditación, que ese día se pavonea ante sus vecinos. Yo, estoy en este lado. Tú, en el de la plebe. Pero no se equivoque, ellos tampoco van a tener mucha más fortuna que usted a la hora de buscar el selfie o el autógrafo de los grandes nombres del pelotón.

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Ese otro sistema, más similar al de un paddock ha llegado al ciclismo, decía, en la Vuelta a Flandes. La infraestructura que se monta en los prados del Viejo Kwaremont hace tiempo que dejaron de ser pequeñas carpas para pasar a convertirse en instalaciones que necesitan de dos o tres semanas de preparativos para ser plenamente operativas. Allí, lejos de la subida en sí, se dan cita los VIP. Empresarios, patrocinadores, inversores, ex corredores… beben cerveza y comen patatas fritas a la espera de que se produzcan los tres pasos que cada año deciden la carrera. Hablan. Hacen negocios. Se cuentan sus secretos comerciales. Crean alianzas. Lo que en el nuevo gililenguaje de nuestras mejores escuelas de negocios se llama networking y que se ha conocido, de toda la vida, como ‘hacer relaciones’ o, sencillamente, ‘relacionarse’.

Allí, separados por un vigilante en la puerta del resto de aficionados, estos VIP’s son tratados a cuerpo de rey. Su dinero, el que han metido en la carrera, les es devuelto en forma de agasajo. Cuando los corredores pasan a menos de 50 metros de donde están, muchos ni se mueven. No están allí por eso. Lo ven, como hacemos los que estamos a 2.000 kilómetros, por la televisión.

A ellos, si Peter Sagan deja clavado a Sep Vanmarcke, si los Etixx-Quick Step vuelven a pifiarla o si Fabian Cancellara se despista en el peor momento posible se la trae, realmente, muy floja. Ellos, como aquellos privilegiados del puerto alicantino o los invitados a la zona nombre de la F1, consideran esa carpa una extensión de su oficina. Una sala de reuniones con una decoración distinta a la habitual. Ellos han ido allí a intentar conseguir que la cuenta de resultados de su empresa añada algún que otro cero antes de fin de año.

Y todo esto, como se suele decir, será grotesco para algunos, horrible para otros o –así lo ven los organizadores– el futuro del negocio. Sea como fuere, y especialmente en unos días en los que hemos puesto el foco en el excesivo número de vehículos que acompañan a los corredores en carrera –muchos de ellos portando a esos mismos VIP–, quizás sea interesante pensarse seriamente si esta nueva moda puede ser la solución –o parte de la solución– a este enorme problema que hace dos semanas le costó la vida a un joven corredor.

Por Nico Van Looy 

1 COMENTARIO

  1. En mi opinion y tristemente…esa gente o empresas son las que ponen el dinero para que algunos corredores y equipos puedan estar en esas carreras..

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