Los rodeos de Philippe Gilbert llevaron al mismo lugar

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Dos años enteros y lo que llevamos de éste ha tardado Philippe Gilbert en demostrar el valor que BMC pagó hace un tiempo por traerle del Lotto con la vitola del mejor ciclista del mundo. Como cuando fue campeón del mundo, Gilbert plasmó otra buena carrera de su equipo que tras el fiasco terrible de San Remo demostró tomarle la medida a estas carreras, tan tácticas, tan solícitas, tan  exigentes. Otro como el Team Sky sigue lejos de engrosar su palmarés con una gran clásica.

Gilbert

La carrera de BMC está vez fue de libro. El cuadro “rossonero” tenía todas las piezas necesarias, hombres para los kilómetros de la basura, ciclistas para el tramo previo, como un Greg Van Avermaet que pasará por el ciclismo como uno de los más queridos por la afición y con menos palmarés, y Samuel Sánchez, sí Samu, que hizo un paréntesis en su segunda actividad y firmó una buena labor para que Gilbert diera rienda suelta al kilómetro más eléctrico de la temporada, el del Cauberg.

Hará falta algo más para batir a Gilbert en lo que viene. Y lo hará porque como hace tres años ha llegado el mejor rematador de llegadas en alto, en subidas imposibles, con pendientes que necesitarán de argollas un día de estos. Y no se puede decir que nadie faltara a la fiesta, a excepción de Purito que en esta carrera ya ha probado dos veces el suelo. Simon Gerrans –con su siempre efectivo Orica-, Michal Kiatkowski y Alejandro Valverde estuvieron donde hay que estar, bregando por una plaza en el Cauberg y viendo en primera persona el golpe de Gilbert. Otra cosa es que no pudieran con el valón, en ese caso nada que objetar.

A finales del año pasado y presa de la desesperación hubo cambios importantes en el seno de BMC. Cambios que quitaron al director anterior y que apuntaron directamente al calendario de Gilbert. Ahora vemos que se acertó, que no tiene sentido quemar tan excelente ciclista en tareas inútiles como Flandes o el Tour de Francia, que Gilbert es un capo y que como tal opta a lo que a él le convenga mejor y ahora sí, tres años después vuelve por donde solía. Lo celebramos.

Con todo, la Amstel Gold Race lo tiene todo para ser una carrera grande. Lo es de hecho. Una región entera, con menos nombre que Flandes, pero región en definitiva, como el Limburgo, por sus rutas aledañas a las Ardenas, se echa a las cunetas. Forma un pasillo humano, denso, espeso, para ver el paso de los mejores especialistas del mundo. Es la carrera más bonita de los Países Bajos, que no de Holanda, cuyo uso sería el mismo si dijéramos que Castilla es toda España.

La Amstel ofrece un recorrido hermoso, ratonero, cambiante, camaleónico. Recuerdo cuando hace unos años Samuel Sánchez me lo definió así, ratonero. Un bucle infinito que traza una especie de flor sobre el Google Maps del lugar. Curva, contracurva, cuneta anteriormente visitada,… así hasta el más supino aburrimiento. Presenta un desnivel digno de etapa de montaña de Tour, unos 4000 metros, y sendas vecinales como las flamencas. No tiene auténticos puertos de montaña como la Lieja, ni los adoquines de Flandes o Roubaix, es más joven que todas ellas, pero es hermosa en su concepción, y rácana en su desarrollo. Eso es así y ni siquiera un ganador que nos agrade logra cambiarnos de opinión.

Es sin duda el Campeonato del Mundo de los uphill finishers y eso es poco, sobretodo cuando Roubaix te obliga a estar con la tocha pegada a la pantalla desde ochenta kilómetros de meta. Y eso que esta edición, como anteriores, para ser sinceros, tuvo movimientos interesantes, casi siempre de la mano de ese francés grillado de nombre Thomas Voeckler, que caerá lo gordo que quieran, pero que es un genio sobre ruedas.

Se abrió la incorrectamente llamada semana de las Ardenas, créannos que no nos equivocamos decir que la Flecha del miércoles será como esta Amstel, más o menos. La carrera auténtica de este ciclo de ocaso primaveral es en ocho días, entre Lieja, Bastogne y Liega. Un carrerón. El carrerón.

Foto tomada de www.vanlooy.es

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