Los temores del ciclista medio

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Me vais a permitir me presente de forma “anónima”. Soy asturiano, vivo en Gijón. Llevo toda mi vida sobre una bici, afición que me inculcó mi abuelo, conocido ciclista amateur en mi ciudad. La bicicleta entró de forma asidua en mi vida el último año de cadete, que fue cuando comencé a correr federado con un equipo, allá por 1993. Después de competir lo dejé por unos años. La vida universitaria, me fui a estudiar a Granada y bueno, se cambian los hábitos y las aficiones, pero la cabra tira al monte, así que volví a tomar la bicicleta, siempre de carretera. He intentado salir con la bicicleta de montaña… pero no me gusta tanto.

Ahora mismo hago rutas por la zona centro de Asturias: Gijón, Villaviciosa, Pola de Siero,… por las carreteras del Alto de la Madera, el Muncó o La Fumarea. Carreteras muy frecuentadas por ciclistas y bastante liberadas de vehículos, gracias a la construcción de las autovías Minera y del Cantábrico, que se llevan los coches que antes frecuentaban las carreteras secundarias de la zona. Intento salir tres días a la semana, dos de lunes a viernes en los que hago unos 70 kilómetros por día, y los domingos, que me voy a los 120. El resto de días los dedico a correr, que no me gusta tanto pero aparentemente es menos peligroso para la integridad física.

Sustos gordos en la carretera no he tenido por suerte. Pero puedo contar que mis abuelos son de la zona de Cangas de Onís y allí pasaba yo los veranos de mi infancia y adolescencia. Entonces cuando competía en categoría cadete y juvenil entrenaba lógicamente por esa zona. Recuerdo que desde la puerta de casa de mis abuelos hasta la puerta de la Basílica de Covadonga había 25 kilómetros justos, así que un entrenamiento habitual era hacer el trayecto de ida y vuelta dos veces para hacer 100 kilómetros. Esa carretera no tiene nada de arcén, hace pocos años la ensancharon un poco entre Arriondas y Cangas de Onís, pero de aquella el arcén era inexistente.

Recuerdo perfectamente como los autobuses pasaban a centímetros. Es una sensación que no se olvida, ir pedaleando y que de repente te pasen a escasos centímetros autobuses o camiones. Esta zona es muy turística así que os podéis imaginar que no hablo de un autobús de manera puntúa,l sino de muchos a lo largo de una salida. Pasaba miedo real y eso que con quince y dieciséis años, eres bastante inconsciente y vives un poco ajeno al peligro. 

Actualmente, con 39 años uno no es tan inconsciente y ve venir el peligro de lejos. Y sé perfectamente que salgo a jugarme la vida. Las salidas se intentan planificar por rutas poco frecuentadas, en horarios en los que teóricamente hay menos tráfico. Sales mentalizado para intentar anticiparte a los peligros o a aquellos movimientos extraños que pueda hacer un coche: una salida en un cruce, alguien que da marcha atrás, etc…  

Tengo dos niñas, una de cuatro meses y otra de tres años y medio y es duro despedirse. Quizás sea mi culpa, y mi cabeza está demasiado preocupada, pero son tantos los casos y las historias que te cuentan, que me da por pensar que cualquier día me puede tocar a mí. Lo peor de todo es pensar que el posible accidente llegará con casi total seguridad por una negligencia del tipo conductor con tasa de alcoholemia u otras sustancias o por un despiste al mandar un “wasap” o al manejar la radio del vehículo. En cuanto a mi familia, pues mira, mi mujer lo lleva bastante bien, mis padres llevan bastante peor. Son tiempos duros para ser ciclista…
 
Por un ciclista de Gijón

Imagen tomada de http://motor.excite.es

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