Los templos que el ciclismo debe conservar

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Los que pasáis habitualmente por aquí, sabéis de la atención que le prestamos a todo lo que trenza la riquísima cultura e historia que atesora el ciclismo. Al margen de la bicicleta, su evolución e hitos, el ciclismo como deporte “errante” vive de lugares que ahora mismo para muchos, en la era que todo se sabe y todo está al alcance, son auténticos santuarios.

Puertos, ciudades, avenidas, hasta caminos vecinales por Flandes y Euskadi se han ganado privilegio en la geografía universal. También hay otra línea de lugares, menos concurridos por la memoria, posiblemnete, pero testigos mudos y perennes de gestas e hitos inigualables.

Hoy queremos hablarmos del velódromo de las maravillas, el Vigorelli de Milán, un sitio cercano al San Siro, el templo futbolero que cuando juega el Inter se llama Guiseppe Meazza, que ha visto ciclismo desde tiempos inmemorables en sus casi 400 metros de cuerda, una barbaridad, una casi pista de atletismo.

Cuando el sueño nazi empezaba a morir en las puertas de Stalingrado, ese mismo otoño del cerco, con los italianos asediados por los aliados, el Vigorelli presenció la gesta de Fausto Coppi, una gesta casi muda, acallada por la durísima realidad de una guerra mundial. El astro lograba hacerse con el récord de la hora, esa muesca que los grandes campeones tuvieron como fija en el palmarés.

Poco más de treinta metros sobre los 45,767 kilómetros en una hora de Maurice Archambaud, un escaso margen que no habla de la trascendencia de un ciclista respecto al otro en la historia, pero que explica la dificultad del reto. “Es una hora de dolor” contó Wiggins.

Vigorelli fue el sitio de los récords por mucho tiempo. Ercole Baldini, Jacques Anquetil y el magnético Roger Riviére lo consiguieron en esta eterna pista resurgiera de las cenizas que le provocaron los bombardeos que siguieron al registro de Coppi.

Esta semana pasada, el Vigorelli ha vuelto ha nacer, tras una inversión de más de cuatro millones de libras, hasta 500 personas pueden rodar por su madera para respirar las esencias de este deporte. Patrimonio tangible y material, mucho, muchísimo se ha perdido, velemos por el que queda en pie, más cuando en la moda del piñón fijo el velódromo es el hábitat natural para que muchos sepan que es eso de la fuerza centrífuga…

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