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Luis Ocaña te ganaba en las distancias cortas, por José Manuel Olivan

Ciclismo antiguo

Luis Ocaña te ganaba en las distancias cortas, por José Manuel Olivan

Endura LDB Di17
Cambrils ZC, Gran fondo

Mi relación con el admirado Luis Ocaña se inició en la década de los 90, cuando coincidimos en el equipo de José María García, en la Cadena Cope. Luis llevaba años como comentarista y tuve la fortuna de conocerle en la Vuelta a España de 1993, que partía de La Coruña. Era una persona inquieta, algo anárquico con sus horarios y muy despistado, de aquella gente que va completamente a su aire y se rige por sensaciones, más que por el reloj. Pero fue en ese mismo año, en el Giro de Italia, que acabaría ganado Miguel Indurain, donde compartí muchas horas de trabajo y de diversión con Luis.

Cambrils ZC, Gran fondo

Viajábamos juntos, en el mismo vehículo, durante el seguimiento de las etapas. Para mí, aquello  era de pura ciencia ficción, ya que me encontraba, en pleno Giro,  junto al ídolo de mi infancia ciclista, compartiendo carrera y vivencias,  durante casi un mes. Ocaña era un loco enamorado de los coches y de la velocidad. En las autopistas, por ejemplo, la velocidad no bajaba nunca de los 180-190 kms/h y descender los míticos puertos Dolomíticos a su lado, era viajar permanentemente al límite, a verdadero ritmo de rally. Los múltiples accidentes de tráfico que sufrió durante su vida, alguno gravísimo,  parece que no afectaron su adicción  por la velocidad.

Con Luis compartí la pasión y el amor que profesan los italianos al ciclismo y el culto a los grandes campeones de la historia. Recuerdo cómo disfrutábamos viendo aquellos pueblos y ciudades, con sus comercios y establecimientos teñidos de rosa. En cierta ocasión, en las cercanías de Bolonia, nos desviamos de la carrera para visitar la a su íntimo amigo Ercole Baldini, natural de Vilanova di Forli. Baldini era un ciclista italiano que llegó a ser campeón del mundo, ganador del Giro de 1958 y oro olímpico en los Juegos de Melbourne de 1956. Luis, Ercole y sus respectivas familias compartían una gran relación de amistad.

Baldini, encantador como el resto de su entorno, nos dispensó una acogida sensacional y un trato exquisito, en su lujosa residencia. Tan a gusto estábamos que se nos echó el tiempo encima, por lo que Luis y un servidor llegamos a la línea de meta con el tiempo justo para iniciar la retransmisión, después de los 40 kilómetros, en coche, más angustiosos de mi vida y buscando excusas ante las preguntas de García, que no entendía nuestro retraso por incorporarnos al programa final de etapa de la radio.

Recuerdo otra anécdota con Luis. En aquellos años la cobertura de telefonía móvil era muy limitada, sobre todo en las etapas montañosas. En cierta jornada, se nos echaba encima la conexión para el informativo de la radio y la comunicación desde el coche resultaba imposible. Ni corto ni perezoso, Luis clavó el coche junto a una casa,  en pleno descenso de un puerto, llamó a la puerta, pidió permiso para usar el teléfono particular de aquellos paisanos, una familia dedicada a la agricultura, y realizamos la conexión para el informativo de la Cope.

El “problema” llegó después. La familia llenó la mesa de manjares y  de vinos y licores de la zona. No nos permitían partir por nada del mundo. El patriarca, un apasionado del ciclismo, muy al estilo italiano, era un enfervorizado admirador de Luis Ocaña y no cesaba de pellizcarse para convencerse que aquella escena era real y no un sueño pasajero. Su ídolo Luis Ocaña estaba en el comedor de su casa. Nos hicieron comer y beber, fotos y más fotos, Luis firmó autógrafos a doquier para todo el pueblo. Tuvimos que salir gas a fondo, porque los ciclistas se acercaban a nuestra posición y caso de superarnos, se haría muy difícil llegar a la meta por delante de la carrera.

Un año después, en aquel fatídico 9 de mayo del 94, lloré por el amigo y por el ídolo de mi  infancia, pero su recuerdo, personalidad  y carácter calaron para siempre en mi persona. En España, el francés de Priego.  En Francia el español de Mont de Marsan.  Parecía no tener patria ni espacio propio. Lo tuvo y lo tiene en mi corazón. Le recuerdo como un auténtico genio, un mito del ciclismo. Por casta y orgullo, nunca he conocido, ni creo que conozca, otro fenómeno ciclista de la categoría y la clase de mi admirado Luis Ocaña.

 

José Manuel Olivan es redactor jefe de Radio Marca Barcelona

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