Marco Pantani: cuando murió el hombre, nació el mito

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Recuerdo la primera vez que supe de Marco Pantani. Su grácil figura ya danzaba al ritmo de vértigo sobre la máquina. Espesa mata de pelo ya anunciaba una incipiente alopecia. Rara vez con gorra, subía como los ángeles. Suyos comenzaban a ser los más épicos ataques. Fue en el Giro de 1994. Un fin de semana dolomítico lo trajo a nuestro imaginario. Primero con una cabalgada extraordinaria camino de Merano, una jornada que marcó un hito en la persona de aquel ruso de tremendo descenso, Dimitry Konyshev marcó los cien por hora cuesta abajo y desde la motos se palpo el miedo con las manos. Al día siguiente Pantani saltaría la banca en el Mortirolo. Arrancó en el pie de puerto, reventó a Berzin y De Las Cuevas, primero, y a Miguel Indurain, posteriormente, en el Valico di Santa Cristina. En Aprica Italia, el mundo, el ciclismo habían presenciado al nacimiento de un ídolo de masas.

La mirada del Pirata
Hoy se cumplen ocho años de la marcha de Marco Pantani. Una pérdida envuelta en dramatismo y sinsabor. Su historia fue asimétrica, un antes y después de aquella mañana en Madonna di Campiglio. Junio de 1999, jornada, una más, por los Dolomitas. Pantani, uno en la espalda, se manejaba con solvencia enorme. Aquel era su Giro, el segundo de  su carrera. Un contingente policial rodeó el hotel del Mercatone Uno, su equipo. La orden consistía en llevarse al líder del Giro, al ídolo de un país, por dar valores alarmantemente altos en hematocrito. Pantani era expulsado de una carrera que ya era suya. De ese golpe no acabaría de levantar cabeza. Incluso victorias tan discutibles como la que le obsequió Lance Armstrong en el Ventoux le supieron a humillación.
Porque antes de aquel mal trago, Pantani no ganaba, Pantani enamoraba, seducía, arrastraba. Desde ese Giro 94, al del 99, comprobó todos los estados de la vida. Un tremendo accidente en la Milán- Turín del 95 le proporcionó una lesión mayúscula y un 1996 en blanco.
Sin embargo le embriagaron aquellos momentos que le dieron estatus de mito. El suyo fue un  busto cincelado por días memorables. Quizá ninguno como aquel desarrollado bajo la cortina de agua que regó el Galibier en el Tour de 1998. Se extendió aquello de que cuando atacaba Pantani otros miraban para la cuneta. Jan Ullrich cayó en desgracia en el Tour a partir de esa jornada. La forma de arrancar, de superar rivales, de avasallar, todo, hicieron de Pantani el escalador más apreciado de la época moderna. Aquel Tour empezó mal, en Dublin con la expulsión del Festina, y acabó peor, con todos los equipos españoles de vuelta a la península como protesta. Pantani fue el halo de vida sobre esa carrera pero en menos de un año estaba out.
La nube de recuerdos del Pirata dibuja el ciclista total, que amasaba la pasión de las cunetas, alzaba corazones, causaba pavor en los rivales… su trágica pérdida, culminando un progresivo declive, no hizo más que añadir atractivo a su figura. El mismo que nadie olvida. Hace poco a la pregunta qué corredor nos ofreció más espectáculo –ver resultado a la izquierda- Pantani salió elegido por delante de nombres como Contador, Gilbert, Bartoli, Museeuw y cia. Su presencia sigue latente.Nunca vimos nada igual.

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