A mí me gustaba Voeckler

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Amanecí el pasado jueves con un mensaje de twitter de BH Bikes en el que nos ponían en copia: “Voeckler dejará el ciclismo cuando acabé el próximo Tour de Francia”. Claro, sencillo y concreto. No sabemos el recorrido, sólo algo de la salida, sumado a alguna especulación, pero sabemos que en París el ciclismo despedirá uno de sus corredores más singulares de los últimos tiempos, el ciclista que hizo de su cara un espectáculo y de su gestualidad, una tarjeta de visita.

El palmarés de Thomas Voeckler no es el más amplio del pelotón. No se mide con el de Fabian Cancellara o Purito Rodríguez, otros dos grandes que barruntan la retirada. No es lo valioso que han demostrado estos dos mentados, sin embargo conjuga dosis calidad y mucho simbolismo. Voeckler ha convivido con la peor crisis de la historia del ciclismo francés, durante esos años que el mejor “enfant de la patrie” en el Tour se iba más allá del top ten, años en los que ganar una etapa era un imposible para el 99% del pelotón francés siendo aniónimos apellidos en la panza del grupo.

Voeckler, como Sylvain Chavanel, culebreó con esa realidad y podemos decir que la torció hasta dar con el presente del ciclismo galo, mucho más clarividente, con una pléyade de buenos ciclistas que empieza a dar frutos y sacar los resultados que un día alguien supuso que estaban en disposición de ofrecer.

Fue en 2004, en aquel Tour de meteorología de perros, por entre los chapiteles de la enorme catedral de Chartres, cuando Voeckler dio el paso al frente. Cogió un amarillo que defendió hasta la extenuación, una extenuación alicatada en caras extrañas y poses maniqueas. Lo defendió hasta las entrañas de los Pirineos, mientras Armstrong y Basso se daban hasta en el carnet y dejaban víctimas a su paso.

Aquella nunmantina resistencia le situó en el imaginario. Pasaron los años, y sus actuaciones se contaban por la cantidad de teatro que era capaz de desplegar, podía gustar o no, pero era lo que había, ni más ni menos. Y casi suena la flauta, en el Tour de 2011 cuando alargó su periplo en amarillo, iniciado en aquella famosa etapa que vio como un coche enviaba a Hoogerland a un alambrado, hasta los mismísimos Alpes. Su antológico cabreo en el Galibier es una de las postales de la edición.

Quedó cuarto, pero no satisfecho. Al año siguiente, más teatro del bueno, por los Pirineos, ganando dos etapas, metiéndose la hinchada en el bolsillo en el Tour que marcó el plomo del Team Sky sobre la carrera.

Ese fue Voeckler, ambición en estado puro, un ciclista que no escondía amargura cuando perdía, que no acudió al podio de una París-Tours, porque la segunda plaza le reconcomía, en el sumum del paroxismo. Su personalidad, su “carácter pestoso” en el pelotón, todo, se echará de menos, pero son los tiempos, nada es eterno, aunque el recuerdo de este singular ciclista perdurará mucho tiempo en el ánimo.

Imagen tomada de https://atomicsaddles.wordpress.com

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Andamos trasteando con el Suunto Spartan, en breve la review de lo que nos ha parecido este auténtico “relojazo”

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