Me gustaron las formas de Javier Mínguez

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Con la entrada de Jose Luis López Cerrón y la paupérrima situación de las arcas de la Real Federación Española de Ciclismo, la política de la casa en material de contratación de técnicos se volvió estricta y austera. La amistad vallisoletana del presidente con Javier Mínguez sirvió para plasmar un acuerdo que dudo se diera en alguna de las selecciones restantes el pasado domingo en Florencia: el seleccionador nacional ejercía sin cobrar un duro. Esto es el ciclismo en España, el país que pone la mayoría de corredores en el corte bueno de la carrera reina y está bajo las directrices de una persona que no cobra por que la situación económica es horrible.

Con esta premisa, nada desdeñable, más otros perfiles dibujados del seleccionador y su afinidad por las grandes vueltas y escaso bagaje en carreras de un día –se adjudica el primer Mundial de Freire cada vez que puede-, lo cierto es que el caldo de cultivo que rodeaba a Javier Mínguez antes del Mundial no era el mejor. Un entorno enrarecido por la confección de un equipo que no escatimó estrellas y sí trabajadores y que llevó a desdeñar la crono, donde las opciones eran escasas, con un ciclista como Luis León Sánchez que para hacer lo que hizo bien podría haber hecho hueco a algún joven que merece adquirir experiencia.

Pero volviendo al fondo, el devenir de la carrera nos mostró un “savoire faire” muy diferente a sus antecesores. Si entrar en cada corte, salir a cualquier ataque y controlar la carrera lo máximo hasta el final eran signos del credo de Paco Antequera y José Luis de Santos, la noción de Mínguez hablaba de “laisser faire”, dejar hacer, quemar vueltas y emerger en el momento importante.

Y así fue. Mientras el desespero por no ver a ningún español con Giovanni Visconti se hizo patente, España tenía hasta siete unidades en un pelotón de donde todos los ingleses ya se habían apeado de la bicicleta. Luego en el momento clave dos ciclistas de cuatro fue el resultado de tal labor, perfecto, con el añadido de que si el grupo de Cancellara y Sagan entraba por detrás, circulaba Dani Moreno.

Aunque la labor de equipo fuera invisible, aunque España no estuviera con el rol de protagonista que en otras ocasiones marcó su carrera, el resultado fue interesante, tanto como las maneras del técnico. Mucha gente se ofendió porque señalara a Alejandro Valverde al final de la carrera cuando lo que lamentamos en la mayoría de ocasiones es que lo políticamente correcto se imponga al análisis objetivo.

Minguez dijo que el desenlace del mundial fue culpa de Valverde con toda la razón y sin rodeos. Obviamente su situación le permite las alegrías que algún antecesor suyo no se habría tomado. Estaba sin cobrar y sin ninguna garantía de que fuera a seguir en el cargo, hablaba como cuando lo hacía por los micros del butano. Quizá en este nivel algunos prefieran el perfil bajo y ajeno a la autocrítica de Eusebio Unzue, a quien sólo conozco palabras gruesas para otros y nunca para sí mismo. Recuerden la maniobra del Team Sky en Valdezcaray el año pasado. El grado de ofensa que mostró fue tal que no entró en sus errores.

En fin que nunca sabemos lo que queremos, lamentamos que algunas declaraciones atenten directamente contra nuestra inteligencia y cuando se habla claro y en plata nos parece brusco. Como argumenté el otro día: C´ est la vie.

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