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El mejor medio año de Alejandro Valverde

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El mejor medio año de Alejandro Valverde

El mejor medio año de Alejandro Valverde

Endura LDB Di17
Cambrils ZC, Gran fondo

¿Hay un ciclista más singular que Alejandro Valverde?

El ciclismo español, ese ciclismo de Pirineos hacia abajo, de sello auténtico, grandes agonistas. Ciclistas morenos, finos, afilados, algunos hijos del hambre (Cañardo, Bahamontes, Ocaña), otros bebiendo de las mieles de una época dorada (Perico e Indurain), héroes en medio de la tormenta (Contador)….

Ciclismo de vueltas por etapas, de grandes vueltas si puede ser, hasta que una generación dijo basta. Leyó y se instruyó en las hazañas del irrepetible Miguel Poblet, el noi de Montcada que ganó dos veces en San Remo. Ciclistas que miraban a Bélgica, a Italia y veían clásicas o adoquines (Freire y su inseparable Horrillo).

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Y luego está Alejandro Valverde que es un poco de los primeros, pero también otro tanto de los segundos. Un ciclista irrepetible, que posiblemente nunca volveremos a ver nada igual. Un tío que vibra y hace vibrar. Un amor incondicional por la bicicleta, el ciclismo. El personaje que en el lecho húmedo y hostil de aquella curva de Dusseldorf, sólo pensaba en volver a ser ciclista, en volver a ganar.

Hasta esa tarde de verano alemán, tarde de julio, de agua y fresquito, Alejandro Valverde había firmado, en su 16ª temporada profesional, el mejor bagaje jamás visto.

Hubo un día, yo creo, que para Valverde las cosas cambiaron de signo. Fue cuando pisó, por fin, el podio del Tour. Ese día se quitó una espina clavada, que le dolía, en la carrera por la que sacrificó mucho, incluso una aún más prolífica trayectoria en las grandes clásicas.

Me contaba en primavera un rival histórico de Valverde que nunca le había visto igual, que daba gusto apreciarle por la televisión, pululando por las carreras, que era un ciclista desprovisto de corseres, que se dedicaba a lo que mejor se le daba: ganar, ganar y ganar.

El medio año de Alejandro Valverde ha sido de traca, el mejor de siempre. Puso el alma en esa carrera que tiene por fetiche, Andalucía, y amargó la estación verde a Alberto Contador, con quien se vio tantas veces como le ganó.

Tres momentos definen un ciclista dotado de talento e inspiración:

La llegada a Lo Port en la Volta, el día que explota Marc Soler al cobijo de un grande. Vence y convence frente a Contador y Froome y recupera el liderado que Van Garderen le birló en base a estrujar vilmente el reglamento.

La crono final de País Vasco, en Eibar, donde unos pioneros hicieron del hierro de la escopeta, el tubo de la bicicleta, consiguiendo ganar otra vez sobre Contador en el que fue, sin saberlo ambos, su último duelo de siempre.

Y la Flecha Valona, esa carrera en la que tenemos un spolier cuando Valerde se engancha un dorsal, convirtiéndose en el maestro de las Ardenas, el sitio que encumbró un tal Moreno Argentin y que ahora tiene un murciano a su derecha.

Pero la grandeza es algo que no sólo se muestra en la carretera y se gestiona alrededor de ella, cuando caes como cae Valverde en el Tour, ves el destrozo que el golpe le ha propinado y sólo piensas en volver, en ponerse las pilas e intentar ser eterno en el corazón del aficionado, se toma la medida de su dimensión y singularidad.

2018 quiere ser el año Valverde, la temporada en la que renazca de sus cenizas, pocas cosas nos alegrarían tanto.

Imagen tomada del FB de Movistar Team

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