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Miguel Induráin, el ciclista de todos los poderes

Ciclismo antiguo

Miguel Induráin, el ciclista de todos los poderes

Miguel Induráin, el ciclista de todos los poderes

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El físico de Miguel Indurain rompía todos los estándares

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Así titulaba un recordado reportaje escrito por Xavier G. Luque y Bru Sala en un dominical de La Vanguardia en junio de 1995 sobre Miguel Indurain y ese físico único.

¡Qué época! ¿Verdad?

¡Y qué recuerdos!

Han pasado más de 24 años.

Y sin embargo recuerdo perfectamente aquel texto que nos marcaba «la hora de Induráin».

Nada menos que una revista de domingo dedicada a nuestro gran campeón en vísperas de algo que entonces todavía nadie había conseguido: una quinta victoria consecutiva en el Tour.

En ella nos hablaban de las excepcionales cualidades físicas y mentales de Miguel Induráin.

Vamos a recordarlas y por qué Miguel era cabeza, corazón y piernas.

Un ciclista fuera de serie.

El frío aterriza brusco y no avisa… Gobik ya tiene su cold season a punto

“La hostia” -como decía Vicente Iza, su masajista.

Según explicaban, el navarro movía 500 watios con sus piernas, una energía que podía hacer funcionar a la vez una nevera, una televisión y una bombilla de 100.

Decían que con él se tenían que establecer tres categorías: el físico de un hombre normal, el de un deportista y el de Miguel Induráin.

Él era un fuera categoría.

Un desafío a las leyes de la naturaleza.

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Lo era por la capacidad de recuperación de su corazón, la potencia con que bombeaba sangre a su cuerpo -hasta 45 litros por minuto-, la rapidez con que su pulso volvía a la normalidad o la fuerza del pedaleo de sus piernas de acero.

O por sus enormes pulmones con una capacidad de hasta 8 litros.

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Imagen: www.kienyke.com

Cuentan que en la brutal etapa contrarreloj de Luxemburgo en el Tour del 92, Induráin nunca superó las 190 pulsaciones por minuto. Lo más increíble fue que menos de un minuto después de la llegada su corazón se había situado en tan sólo 58 pulsaciones.

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Según informes del Hospital de Navarra, su ritmo cardíaco en reposo era de apenas 38 pulsaciones por minuto y a máxima exigencia podía alcanzar las 195.

Pero su gran secreto era la rapidez con la que recuperaba sus valores normales: en la cima de un puerto podía bajar en 30 segundos de 140 a 60 pulsaciones.

Vicente, su masajista, explicaba que cuando empezaba con el masaje, después de una gran etapa de alta montaña, su pulso ya estaba a 40, cuando otros aún iban acelerados a sus habitaciones.

Todo gracias a su enorme corazón, tan grande como su humanidad: 6,8 centímetros el ventrículo izquierdo (4,5 sería el de una persona normal).

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Algo que lo hacía un deportista único.

Extraordinario.

Su masajista, cuando le tocaba los músculos, ya sabía cómo le había ido en la etapa.

La llevaba escrita en sus piernas, si había sufrido o no.

Una vez leí por ahí, en algún foro, decir que Miguel tenía barriga.

Para nada… ¡qué barbaridad!

Induráin lo que tenía -y seguirá teniendo- era un tórax como un armario, muy desarrollado en su parte inferior y con una respiración de diafragma.

Esto explica porque parecía que tuviera un barrigón que subía y bajaba cuando respiraba.

Induráin rompía moldes.

Era disciplinado, constante, sin permitirse una debilidad.

Incluso comiendo.

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Unzúe siempre veía como sin decir nada apartaba alguna cosa del plato sin que los demás lo percibieran.

Nunca se daba un gusto.

Y no soportaba el aire acondicionado. Cuando entraba en el coche de equipo lo mandaba quitar, cerraba las ventanillas y prefería pasar calor -incluso en verano- antes que un resfríado echara a perder toda su meticulosa preparación.

Tal y como lo definían, Miguel era “autocontrol, frialdad, distancia, seguridad, austeridad, generosidad y capacidad de sufrimiento”.

Facultades temibles para sus rivales.

Sus adversarios se lo quedaban mirando, sintiendo entre miedo y admiración.

Él avanzaba y la gente se apartaba.

Su maillot amarillo iluminaba todo el pelotón.

«Como si fuera un santón» -decía Unzúe.

Sólo le faltaba el aura.

«La hostia» -repetía Vicente.

 

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