Nada justifica la muerte de un ciclista

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La resaca de la Gante-Wevelgem nos ha dejado la peor de las noticias, la muerte de un ciclista. Extremadamente grave en la tarde del domingo, el lunes a la mañana almorzamos con la confirmación de la muerte de Antoine Demoitié, una noticia fatal, de esas que encojen el estómago y te chafa entre rabia e impotencia.

Rabia porque la muerte de un chaval joven es siempre una noticia injusta, e impotencia porque la causa que ha dado con tan trágico desenlace ha sido como una bola de nieve que sin saber cómo arrancó en diversos capítulos hace 51 semanas en el Tour de Flandes y fue salpicando de desgraciados accidentes las mejores carreras del mundo.

En efecto Demoitié falleció a consecuencia de un atropello de una moto. Es curioso y sintomático al mismo tiempo. Las motos, y los vehículos a motor, están para proteger a los ciclistas pero desde hace un tiempo no paran de cagarla. No sé quién reparte las licencias, pero el goteo es insufrible. Y no deja de ser sintomático porque las carreras, tan cercadas y tan seguras ellas, no dejan de ser el espejo de la complicadísima convivencia  entre bicicletas y otros actores de la vía pública.

Camino de Wevelgem fue un ciclista compitiendo, en un entorno tenido como seguro y asegurado, aunque siempre puede suceder algo, hoy, mañana, pasado, podemos ser cualquiera de los que vamos a correos a tirar una carta, al colegio a acercar al niño o al trabajo a cumplir con la jornada laborar.

Es una sangría, insufrible y descarnada, que deja roto un equipo que estaba de fiesta por verse entre los mejores del mundo. El propio fallecido tuiteó en Harelbeke, tras ir en fuga, que el encantaba formar parte de todo eso. Pues bien mira qué se ha encontrado el pobre.

Una vez me dijeron que la unanimidad en el pelotón ciclista era imposible por las procedencias, nacionalidades, caracteres y sueldos que lo poblaban, pero se requiere una voz unánime, un grito fuerte y común, porque lo que aquí dijimos hace menos de cuatro semanas, no ha ocurrido aún. Hay que decir basta, y hacerlo en Flandes, en Tour, en Roubaix y donde se precie, porque la victoria en estas carreras te encumbra para toda la vida, pero una reivindicación justa y justificada en ellas hace fuerte al colectivo.

El otro día cuando acabó Harelbeke hablábamos de las rectas de Flandes y esas persecuciones que ponen el bello de punta. Pues bien camino de Wevelgem esas estampas estaban trufadas de tantas motos que era imposible distinguir los grupos y sus componentes. ¿Son necesarias tantas motos, tantos coches? Alguien de las grandes organizaciones debería salir y desglosar las tareas que obligan a tal parque motorizado alrededor de los ciclistas.

Esperemos que la muerte de este chaval implique el cambio que la situación refiere, porque a veces creemos que el ciclismo acabará siendo un sitio en el que nadie quiera vivir.

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