Nadie como Miguel Indurain

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Una generación entera ha crecido admirando a Miguel Indurain. Sin la labia de Bahamontes, ni el coraje de Ocaña, ni el carisma de Perico, el cuarto ganador español del Tour fue, numéricamente, el mejor de todos, y emplazado entre los más grandes de la historia.

La evolución del ciclismo español siempre había caminado por las pendientes, agónicos ciclistas, campeones escuálidos, pequeños, cuerpos míseros de los que no se podía sacar un tazón de caldo porque aquello sólo era hueso y no tenía chicha. Hubo alguna excepción, honrosa como Miquel Poblet, y el propio Ocaña que dominaba el arte de la crono, como tuvo que plagarla el propio Perico para ganar su Tour.

Sin embargo Indurain fue el eslabón final en la evolución de la especie. Un corredor que era la viva imagen que Jacques Anquetil había cincelado para el contrarrelojista universal. Impertérrito, fijo, acoplado, angulado y sin atisbo de esfuerzo, atisbo aparente quiero decir. Una máquina.

Con Indurain se aprendió a apreciar el esfuerzo individual y, muy importante, a disfrutar de los parciales, los cronometros, las velocidades medias, los vatios y esa física que rodea el esfuerzo y que no entraba en debate cuando se producía en los demarrajes de Perico o la furia de Ocaña.

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Cinco Tours de Francia jalonan el mejor palmarés que ha dado el ciclismo español, cinco Tours que se añaden a dos Giros y una hilera de éxitos como mundial contra el reloj, Juegos Olímpicos, París-Niza, Dauphiné, Volta,… hasta una Clásica de San Sebastián, hecho insólito para el ciclismo de entonces, que un español ganara una clásica de la Copa del Mundo.

Siempre diremos que nunca vimos nada como la crono de Luxemburgo, una obra de perfección sobre una bicicleta que arrancó con maitre Jacques y culminó en la figura de un navarro que en el Tour sembró páginas históricas como aquella que pilló a todos desprevenidos camino de Lieja, la tortura de La Plagne, los descensos del Tourmalet, la brecha del Galibier o la primera de todas, inolvidable, acompañado por Claudio Chiapucci en un volar sobre el asfalto por los valles pirenaicos.

Veinte años después de su último Tour, la gente sigue gritando aquello de “Indurain, Indurain,..” cuando ve a un ciclista al lado de su coche, sigue mentando al navarro cuando se habla de educación en el deporte -nunca dejó a nadie por saludar en un podio- y se sigue ofendiendo cuando se vierten las lógicas dudas que este deporte él solito se ha granjeado a pulso. Por todo eso convenimos que nadie como Miguel Indurain.

Imagen de @Zapa9MFS

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2 COMENTARIOS

  1. […] El periodo de Miguel Indurain se alargó unos años, cinco más o menos, que fueron los de sus Tours, y el 96, temporada en la que se apagó la magia con un doble final, desde el podio de los Juegos de Atlanta y abandonando la Vuelta en Los Lagos de Covadonga. Uno de los primeros días laborables de 1997 Miguel Indurain convocaba a la prensa para anunciar su retirada. […]

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