Nos gusta Flandes por su punto masoquista, aunque ajeno

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Desde que este blog vio la luz hace año y tres meses, he ido conociendo, más si cabe, y desde la óptica 2.0 este mundillo tan diverso que es el ciclismo y sus llamados incondicionales. Arribé a él mucho antes, en el año 98 con el Meta 2Mil, un poco antes ya tuve alguna experiencia dentro de carreras y en círculos periodísticos y aficionados. Por mucho que se diga, la virtualización del perfil no desdibuja el real. Desde entonces tracé un semblante del aficionado medio que poco a poco  ha ido amoldando la realidad con cincelada exactitud  y al cual un servidor se inscribe.

Sin el Muur el Koppenberg toma protagonismo estelar
Hoy se ha corrido el Tour de Flandes, una grande en sí, una carrera cuya probada atracción nos encaja cada 365 días en el sofá cuyos muelles deben asimilar los escorzos circenses que en ocasiones lanzamos en la intimidad ante lo que las imágenes nos transmiten. ¿Quién resistió impasible el demarraje sentado de Fabian Cancellara en el Muur hace dos años? ¿Quién aguantó con sangre de horchata el año pasado cuando el suizo dio paso a una nueva carrera en la base del Muur?.
Circulan fotos varias y vídeos selectos aliñados de dureza, épica, barro, hierba, caídas, pies a tierra y demás lindezas de la leyenda que esta carrera destila. Fotos del Koppenberg, aquella imagen de Skibby crujido por un coche de la organización, recordamos la edición que ganó Eric Vanderaerden en aquella nevera lluviosa que fue Flandes en 1985,… ¿qué sería el ciclismo sin la épica? Es más, seremos capaces de saber por qué nos atrae en tal medida.
Mientras un campo de fútbol embarrado que perjudica, dicen los puristas, a la calidad del toque y está mal visto por la parroquia futbolera, mientras en la F1 una carrera con lluvia, monzón y viento se considera un “full”, que diría mi primo, mientras el tenis detiene su curso con la mínima lluvia que cae sobre la pista,… en ciclismo soñamos con la conjunción de los elementos contra los pobres ciclistas si bien se nos encoge el corazón cuando la leyenda se vuelve desastre como la hiriente alambrada que sangró a Hoogerland.
Yo le llamaría masoquismo televisivo, pues muchos de nosotros no tendríamos huevos a situarnos con dorsal en ese paraje y en ese momento. Nos gusta el barro, las estrecheces de la ruta, el castigador adoquín, el enfermizo ambiente de las cunetas, el rule de la cerveza en las mismas,… pero desde la televisión, o cuneta en su defecto. Nos emocionamos con las copas del mundo de ciclocross que se corren en vendavales de nieve, temblamos con la mierda que Servais Knaven llevaba encima cuando cruzó el velódromo de Roubaix hace once años –quizá la última con mal tiempo de verdad-, nos encanta ver medio pelotón salvar a pie el veinte y pico por ciento del Koppenberg,… somos masoquistas, con lo ajeno, eso sí. Cuánto peor, mejor. Curioso. 

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1 COMENTARIO

  1. No es comparable, pero cuando uno lo experimenta en primera persona, lo valora aún más. Hace justo un año (31-03-2012) era la persona más afortunada del mundo pues me encontraba rodando, experimentando y sufriendo esos muros y adoquines. Como uno de los tantos miles de cicloturistas allí presentes. La mejor experiencia de mi vida. Si el ciclismo es cultura, el adoquín lo es más.

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