Obligados a hacer bicicletas

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Eibar rezumaba la semana pasada nieve por las coronillas de las no pocas cimas que la rodean. Eibar no es un lugar sencillo. No lo es orográficamente hablando. Regada por el Ego, que abre un estrecho y profundo canal por la preciosa montaña limítrofe entre Guipúzcoa y Vizcaya, la villa de las libertades se alarga por ese tajo natural. Fue posiblemente esa tremenda orografía, sumada ese carácter liberal y emprendedor, que hizo del lugar un sitio único.

Siempre, en los momentos más chuscos de la historia, Eibar estuvo un paso por delante. Sólo así se explican las no pocas crisis que la azotaron, con otras tantas recuperaciones, una regla que explica, por ejemplo parte del presente, porque cuando la industria armera fue duramente golpeada en la década de los veinte del siglo pasado, hubo arrestos para sentarse y reconducir la situación en medio de un irrespirable clima prebélico e inestabilidad política.

Años antes, en la década del diez, Eibar se había convertido en la ciudad fábrica que abasteció un buen número de ejércitos en la Primera Guerra Mundial. Se pasó de una penuria y dificultad económica, al total frenesí productivo. Años de abundancia generalizada, pedidos ingentes y graduaciones enteras de chavales que entraban niños y salían armeros de la escuela eibarresa.

El final de la contienda dejó seca la demanda y el modelo productivo tembló. Y lo hizo más aún cuando las leyes sobre las armas no beneficiaba. Cupo entonces la opción de sentarse y pensar qué hacer.

La maestría eibarresa venía de lejos, de los cañoneros que manejaban la tubería con precisión y tino. Varios empresarios tomaron la iniciativa, vieron las posibilidades y apuntaron a ese ingenio que sorteaba no pocas dificultades por las ciudades españolas: la Bicicleta.

Entrados en los años treinta, el “savoir faire” eibarrés habló de hacer bicicletas, pero también máquinas de coser y escribir, cerraduras, camas, rifles, máquina herramienta,… En ese nuevo horizonte se movieron Pedro Unceta, Orozco y Echevarría, Sarasqueta, los hijos de José Balenciaga, Aguiriano, Olano y Compañía, la Star, Miguel Carrera y Compañía y Bestegui Hermanos, sí BH, para quienes así la conocimos.

También Orbea, que llevaba noventa años de historia, estuvo en esa carrera. Nacida un siglo antes, su colección de chamizos fabriles, en el entorno de Urkizu, por donde Eibar se escurre en dirección a Donosti, acogieron maestros de Saint Etienne para que esos tubos que antes daban forma al arma corta se ensamblaran para hacer bicicletas y encontrar algo qué hacer en el nuevo panorama, que además volvía a sonreír, porque la Segunda Guerra Mundial apagó la producción de bicicletas en la vieja Europa y dio a la nueva generación eibarresa la opción de hacer y perpetuar su sapiencia en otros terrenos. Habían entrado en el mercado de la bicicleta, y lo hicieron para quedarse.

INFO

Orbea cumple 175 años, colabora en la confección de su historia 

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