Octubres soporíferos

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Cada año por estas fechas nos asalta la misma duda sobre si el octubre en el que estamos inmersos es el más caluroso de los vividos en tiempos recientes o si ha habido alguno más. Como guardar el histórico de temperaturas nunca ha sido lo mío, respondo siempre con un genérico: en el Mediterráneo rara vez un octubre es frío, por no decir que no recuerdo el último que lo haya sido.

Empiezo hablando del tiempo, como en un ascensor cualquiera, porque realmente influye. Varía mucho rodar a quince grados de hacerlo con diez más. Un compañero de trabajo ya es maratoniano. Rompió su “virginidad runner” en la prueba de Palma de Mallorca, este mismo domingo. Aunque se ha preparado bien y empieza a tener oficio, se le detectan ingenuidades propias de quien lleva poco corriendo. No obstante admitió que hubo una gran diferencia de la primera a la segunda parte. Con el cielo encapotado, a salvo del Lorenzo, las cosas salieron bien, cuando por la fachada del Arenal asomó el astro rey, la placidez se tornó en martirio y el muro vino a verle con todas sus consecuencias. A la acumulación de kilómetros se sumó el sobrecalentamiento. A pesar del calvario, chapeau tío, ya sabías que esto era duro.

El presente octubre en Barcelona ha sido por eso peculiar, lo está siendo de hecho. Pasamos calor la mayoría de jornadas, pero hubo un paréntesis con tormentón apocalíptico –que sembró de rayos el camino a casa de dos compañeros- donde sí, rodamos en los añorados quince grados. Se nota, no veas si se nota. La ligereza que alcanza tu cuerpo en esas circunstancias, atolondrado por el calor previo, es sublime, las series empiezan a salir y la fatiga queda en la cuneta. No obstante siempre decimos: Ya pasaremos frío.

Y en estas estamos, en un momento de acumular y acumular mientras dos o tres días incluyes cambios de ritmo, series y demás cambalaches que te hacen dormir con piernas de plomo. Este domingo corro una media maratón en las puertas de mi otra casa, Cunit, con la incertidumbre siempre patente de mi estado real de forma y la lenta inscripción de corredores a la carrera, algo que siempre te hace sospechar que no se vaya a hacer. Sin embargo, el ayuntamiento parece dispuesto y no seré yo quien el contradiga.

Hace unos días hicimos un test de Cooper, una prueba en la que saliendo a carajo debes completar tú solito y sin referencias doce minutos. Salieron 3200 metros, no es mala cifra, aunque no la mejor que he logrado y siempre con la incomodidad de llevar al cuerpo forzado. Pero es lo que hay. La temporada empieza a entrar en terreno interesante. Con Cunit ya será la segunda media maratón de este ciclo, la forma ha de crecer hasta Tarragona, esa media en la que quisiera quemar un primer cartucho en serio, ello es abordar la hora veintiuno.

Pero para eso queda más de un mes, por medio esta prueba de Cunit, donde preveo correré mucho rato solo, y luego un diez mil. Mientras un buen amigo está completando el camino de Santiago en bicicleta, yo sigo mi ruta, veremos dónde me lleva, pero el placer de recorrerlo nadie me lo quita.

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