El Giro que Olano tuvo a tiro

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Tras siete horas de agotadora travesía dolomítica Enrico Zaina, trinchado por el cansancio extremo y la emoción desbordada, celebra un triunfo como pocos se han visto. Es 1996, el “ciclismo mágico”, la época de los milagros. Ya sabéis mirad, disfrutad, pero no  preguntéis cómo se fraguaba una etapa mítica, antológica si no queréis borrar la sonrisa de niño que os produjo verla.

Zaina había volado solo en la Marmolada, el puerto de la recta infinita que trepa montaña arriba inmisericorde al corazón del ciclista. En el grupo de favoritos ya no estaba Eugeny Berzin, ganador del Giro un par de años antes y de la crono de la víspera, una crono disputada a sangre y fuego contra Abraham Olano desde la palladiana Vincenza hasta Marostica. Berzin, un tipejo que entró rápido, y rápido salió de escena. Una crono sentenciada por un segundo, el mismo que también dejó a Olano sin la casaca rosa que en el soleado día dololítico lucía Pavel Tonkov, el ciclista que no pestañeaba ante el esfuerzo.

Como decimos en la Marmolada se juega una partida a lo grande. Olano en arco iris –este año se cumplen 20 años de su victoria colombiana- le acompañaban Zaina, Tonkov, Gotti y Ugrumov. Zaina se crece. “Quiere homenajear a Marco Pantani” repiten. El calvo estaba fuera del circuito tras un tremendo accidente en la Milán-Turín del año pasado. Un coche burló la vigilancia y le embistió bajando un puerto. Le rompió en mil pedazos.

Volvemos a la Marmolada, en el inicio de la recta infernal, Zaina no juega al pocker, directamente saca el as. Se quiere ir solo. Olano no tarda en ceder, Urgrumov titubea, Tonkov ajeno a la locura acaba claudicando. El ruso ha forzado en exceso. Mientras Gotti se rehace hacia Zaina, Tonkov se escurre, es barro entre los dedos. Le supera Ugrumov, le coge Olano, quien sabedor de la debilidad del líder le ataca cerca de la cima. Pero Fedaia –la Marmolada- está ahí ya. No logra descolgarlo, el Pordoi dictaría sentencia.

Durante un tiempo el Pordoi fue la subida más visitada por el Giro en su historia. Mientras Zaina se abre paso entre la multitud como Chiapucci lo había hecho en Sestriere cuatro años antes, Olano prueba una vez, dos, tres y cuatro a Tonkov. Aunque muy tocado, y totalemnte entregado a la estrategia defensiva, el ruso aguanta. Recruje su ser en cada pedalada para que el de Anoeta no le deje. La oportunidad estuvo en la coronilla de la Marmolada. No fue posible y Olano lo empieza a entender.

En la meta del Pordoi, último intento. Olano saca el genio y vuelve a sprintar, deja de rueda a Tonkov, pero tan poco, tan justo, que sólo le pican un segundo. Sí, ridículo lapso de tiempo, pero suficiente para vestirse de rosa, para saborear el beso de las guapas y la vista desde el podio, para ser el líder del Giro de Italia.

Pero quedaba una prueba, una trampa mortal de dos colosos, Gavia, primero, sin asfaltar y silvestre, y Mortirolo luego, duro, pero duro, tanto que en sus faldas Olano ve al grupo partir. La maglia rosa cede tiempo desde el primer ataque a la cima del célebre puerto. Solo, en medio de la arboleda y el griterío de los tifossi se abre paso hasta Aprica: tuvo el Giro a tocar y tres segundos, tres, le mantuvieron en el podio. Ugrumov había quedado con las ganas.

Imagen tomada de forodeciclismo.mforos.com

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