Mi primera “historia” con Orbea

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Menuda etapa. Tras recoger el diario en el pueblo grande, me postré frente a la televisión. Me aguardaron cinco horas de ese ciclismo que te marca para siempre. En el inicio del descenso del Tourmalet, Miguel Indurain tomó unos metros, tenia una cita con la historia. Ésta le reclamaba, desde adelante, desde lejos, desde Val Louron. Luego se le añadió Claudio Chiapucci y surgió fuego.

Era el verano de 1991. Un crío barcelonés en casa de sus abuelos, en la montaña leonesa. Acabó la etapa. Salí de la casona con el ánimo encendido. Eufórico. Me habían hablado de la nueva bicicleta de mi primo. Me habían dicho que tenía bicicleta nueva, una de cambios y esas cosas. A aquel regordete zagal eso de los cambios le sonaba a chino, no habláramos ya de una BTT.

Siempre de aquí para allá con una destartalada bicicleta de paseo, de esas cuyo manillar se desvencijaba cuando le atizabas en una cuesta de dos dígitos. Me dijeron que mi primo tenía bicicleta nueva y acudí a verla. Presto, con la espadaña de la iglesia de testigo, entro en el establo de mi tío. Atravieso el zaguán, piso duro, terroso e irregular. Aperos de labranza me rodean, carros medio rotos y alguna que otra goma del tractor, Me giró, enfilo un estrecho pasillo, me afecta una tímida contraluz pero allí estaba.

Blanca, limpia, impoluta. Admiré sus formas, toqué su cuadro. En el blanco de su emplomada se distinguían motivos azulados, casi cerámicos. Era preciosa. Esa Orbea me abrió las puertas de modernidad de la bicicleta. La cascarria de paseo que siempre me había acompañado paso a una segunda actividad.

Monté a bicicleta y metí tranca. “Usa el plato grande para bajar” me chillaban. Lo hice, creí volar, como Miguel cuando se ausentó en su cena con la historia. Bajé a toda velocidad al pueblo grande, lo atravesé y giré a la derecha, a la subida que nos quitaba el sueño a todos, esa de un kilómetro que de subirla sin parar te implicaría el vacile con los colegas.

Cogí a toda velocidad, por la inercia de la anterior bajada, la primera recta. Sin darme cuenta me había estrellado contra el muro. La carretera trepaba por la loma, serpenteaba un poco y miraba al cielo. “Sube piñones, sube piñones” me decía. “Joder, es como si la subida perdiera pendiente” pensé aturullado por el subidón. Fue un flechazo. Subí sin parar con el ánimo lejos de allí, ya pensaba en decírselo a los amigos. Había sido el primero en no poner pie a tierra. Ese fue mi primer recuerdo montado en una Orbea.

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Orbea comenzó haciendo armas en Eibar hace 175 años. Con el tiempo fabricó también carritos de niño y finalmente bicicletas, a partir de 1930. Desde entonces, su actividad se ha centrado en la fabricación de bicicletas, a lo que en la última década se le han unido cascos, ropa ciclista, mochilas, al margen de numerosos eventos en los que tratan de estar lo más cerca posible del apasionado ciclista.

Con motivo de esas 175 primaveras, y si Orbea te ha acompañado alguna vez en tu vida, puedes ponerte en contacto con ellos y enviarles alguna foto o contarles alguna historia. Es pieza puede completar la historia de Orbea y tú, formar parte de ella.

Hazlo en el [email protected]

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