Para bien o para mal: Bradley Wiggins

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Hubo un tiempo que el ciclista estuvo casta y puramente entregado a su oficio. Mantenía un estrecho pulso con la firmeza de los entrenamientos y los sacrificios de la materia del oficio. Su proyección fuera de la carretera era la de la austeridad y ausencia de pompa. Carecía de vicios, ejecutaba la virtud. La delgadez que endiablaba sus traqueteados cuerpos era el síntoma de esa regla casi benedictina: “bicicleta et labora”.

Durante el tiempo, hubo excepciones. Bichos raros en una atmósfera de sufrimiento más allá del límite del cuerpo y sacrificios bíblicos. Los titanes también podían vestir las galas urbanas, los sellos de la distinción que el deporte proporciona. Jacques Anquetil por ejemplo, antes Hugo Koblet, a quien se le adivinaba un peine entre los bidones. Parajes aislados.

Hoy el ciclismo ofrece diversos rostros. Todos atraen en una u otra dirección, sea por lo repulsivo, por la singularidad. Son héroes de carne y hueso, pero de marcado rasgo. La salida del hospital de Bradley Wiggins ofrece en bandeja esta teoría. Perfilado, alto y muy punzante. Wiggo ofreció su dedo anular bajo un disimulado rostro a la prensa congregada para retratar el alta de su accidente.

Inapropiado. Sin sentido. Lo que ustedes quieran. Este profesional de la bicicleta de “patillas amazónicas”, como le dice Ander Izaguirre, es el círculo de las virtudes que adornan el nuevo pro. Es british. Reino Unido, tendencia en muchas cosas, también lo es en ciclismo, ese deporte al que fue ajeno muchas décadas.

Atormentado, no sabemos si sólo por su compleja infancia, Brad Wiggins siembra detractores en la misma proporción que fans. Un servidor se decanta por la segunda vertiente. Un ciclista es una persona, aristada, y con formas y maneras muy diversas. Wiggo representa en uno el hermético poder de quien se sabe en esos debates. Es provocador, maleducado y altivo, pero al tiempo es trend, marca y ribetea mentes.

Su carácter urbanita, su ropa, sus usos invitan a muchos a integrar la bicicleta en su cotidianidad. Pero también su metodismo, el mimo por el detalle obligan a amar el deporte, a verlo de forma bidimensional como quizá siempre lo entendimos. Incluso cuando habla como lo hace del dopaje y los dopados. Sólo desearle una cosa, como reflejamos el otro día de Philippe Gaumont: “Que la realidad no le estropee el discurso”.

Foto tomada de http://www.therockpark.com

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