Miguel Induráin es de verdad, es real

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Soy un apasionado cicloturista que ha coronado a su ritmo muchos de los puertos míticos de los Pirineos y los Alpes que han puesto escenario a muchas de las páginas que nos recuerdan los bellos momentos que Indurain dio al ciclismo, también algunos de los sinsabores de su final, aunque, Indurain no se ha ido ni se irá nunca.

Cuando Miguel se retiró, yo tenía 20 años, así que, rondando la mayoría de edad, y también gracias a mi padre, pude seguir a Indurain en sus mejores años.

Mucha gente me pregunta por todos los hechos que reflejo en el muro de Facebook dedicado a Miguel. El viento, la lluvia, el dolor, la pasión… Esta crónica sobre Miguel Indurain va mucho más allá de las gestas del campeón, de sus datos, de sus records, de las imágenes que todos tenemos de este deportista sin par.

Un mito hecho hombre con una visión lúcida, vibrante y entregada, y que como a todos los que estamos tocados por el deporte, tal vez nos hizo soñar con éxitos propios, incluso cotidianos.

Alguien dijo una vez, no sé si fue José Miguel Echávarri, que Miguel habla con los silencios. Es muy improbable que a Induráin lo vean muy cabreado y fuera de sí alguna vez en su vida. Él es como es, calmado, el hombre tranquilo.

Pero lo que quiere decir, el mensaje que te quiere enviar, lo envía. A lo mejor sin un gran titular, sin aparentemente mojarse demasiado, sin estridencia alguna. Pero lo manda. Induráin habla con sus gestos, con la entonación que le da a las cosas, con cómo te mira cuando dice algo. Ese es Miguel, y vale la pena conocerlo.

Partiendo de la base de que toda la carrera deportiva de Indurain me encanta, yo me quedaría con la victoria en el Tour del Porvenir, su primera victoria en el Tour de Francia en 1989 en Cauterets, la etapa de Val Louron en el Tour de Francia 1991, la crono de Luxemburgo 1992, el triptico del Tour de Francia 1995 (con la exhibición en Lieja, la crono de Seraing y La Plagne), la subida al Mortirolo del Giro de Italia 1994, y el oro en Atlanta.

Y sí, material de Indurain tengo muchísimo. Un montón de vídeos, fotos, recortes de prensa, vídeos a pie de carretera, firmas y alguna prenda suya y una bicicleta firmada que nunca más usé, además he hecho alguna que otra crónica de sus gestas. Indurain es mi ídolo, y como a toda persona a la que se idolatra, se intenta buscar e informarse bien de todo lo que le rodea.

A Miguel la gente le sigue parando por ahí para hacerse una foto, o para que firme un autógrafo. Y no sólo aficionados al ciclismo. Repasen los nombres de grandes mitos del deporte que al poco tiempo de retirarse se han diluido hasta caer en el más triste de los anonimatos, hasta ser olvidados.

La figura de Induráin es perenne, sigue llamando igual que cuando ganó los cinco Tours consecutivos. Igual. La gente le quiere, le admira en el sentido más intrínseco de la palabra.  A Induráin se le quiere, se le admira simplemente, porque Miguel es de verdad.

Induráin, un tipo que ha ganado lo que ha ganado deportiva y económicamente, es como se muestra. No hay trampa, ni cartón, ni un pose para que el aficionado crea, piense o se imagine. Induráin es, y ya está.

No tengo ni la más remota idea si dentro de 200 años aparecerá en algún laboratorio de Francia, un doctor o un investigador con una micro muestra de un pis que dejó Induráin en no sé qué sitio, ni si ese pis tendrá un nanogramo de una sustancia que tenía uso terapéutico u otro… Me daría igual, le he visto atender a todo el mundo siempre con una sonrisa; tener detalles personales que te dejan boquiabierto, miles de cosas que darían para un libro. Pero me quedo con una sola cosa. Miguel Induráin es de verdad, es real. Fue, es y será el mejor.

Por Manuel Pérez 

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