Perico de España

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Cuando Luis Ocaña, tras unos años siendo la sombra de de lo que fue y cabreando a patrones como Orbaiceta del Super Ser, dejó el ciclismo se abrió un periodo lúgubre y gris para este deporte en España. Sin ganadores potenciales de cosas grandes, con triunfos domésticos como principal acicate, una Vuelta agobiada de los problemas que la hicieron salir por pies de Euskadi y testigos del esplendor de un joven bretón que gastaba muy mala leche en el pelotón: Bernard Hinault.

En ese contexto, hubo un equipo azul, patrocinado por el papel de aluminio Reynolds que entró en el imaginario colectivo con una participación en el Tour de 1983, uno de los más locos de la historia, que sentó las bases de lo que habrían de ser las siguientes décadas del ciclismo en este lado de los Pirineos, una inercia de la que hoy aún se sigue viviendo, porque desde entonces, el ciclismo de competición en España ha dejado pocos hitos por conquistar.

En esta cadena de éxitos sin duda un segoviano que repartía de jovenzuelo diarios por la ciudad del acueducto ha sido la grasa del proceso. Pedro Delgado, Perico, un carisma que ya peina canas y que ha sido embajador del ciclismo en España desde el día que le dio por destacar en aquella mítica etapa pirenaica camino de Luchon, hace más de treinta años. Una jornada de esas para enmarcar en que surgieron muchas rivalidades que habrían de marcar los años venideros, como la suya con el escocés Robert Millar.

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Se inició también un idilio en el Tour que creció como el bizcocho en el horno, pasando por no pocos estados, siendo testigo de las malandanzas de Hinault con Lemond, ganando aquella mítica etapa de Luz Ardiden, dejando la carrera por la muerte de su madre y amargado en el último momento por Stephen Roche en esa crono de Dijon, donde la mostaza que más pica.

Y todo para romper en el Tour del 88 que fue el tercero de la cuenta hispana. Una carrera redonda, controlada, un proceso de madurez llevado a la cumbre, resolviéndose como un “éxito de estado” entre los nubarrones de un positivo que no le arrebató el triunfo pero que le desveló desde el día que supo de él.

Entre las conjeturas, siempre subyace la pregunta de cuántos Tours podría haber ganado. Por madurez y forma, desde luego el de 1989 tuvo que ser suyo o al menos tendría que haber estado más cerca de los dos tenores que nos deleitaron con uno de esos pulsos que trascienden generaciones.

Luxmeburgo fue el inicio del fin, pues ya nunca más vestiría el amarillo y al año siguiente Miguel Indurain irrumpiría en la escena. ¿Acertaron en 1990 apostado por Perico? eso son castillos de naipes y no conduce a nada especular.

No obstante, y pesar de las no pocas desavenencias que nos causan sus comentarios, decir ciclismo en estas tierras es decir Perico y eso es mucho, un tipo que ilumina por donde pasa y genera complicidad. No es sencillo, aunque nos parezca lo contrario.

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