¿Qué piensan los franceses sobre “ son Tour”?

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Os explico una anécdota de hace un par de veranos pedaleando por el Hexágono:

Llegué a Sallaigouse y frené mi bici. Sabía que en Francia no existe la cultura de ir de bares que sí se vive en España, pero ignoraba que fuera tan difícil encontrar alguno, cuando de pronto observé de frente unas mesas y unas sillas, y un precioso rótulo tallado en madera: “La Vieille Maison”.

En sus vitrinas, algunas imágenes épicas de ciclistas en blanco y negro, bastante antiguas y que no llegué a reconocer quiénes eran, pero que hicieron que no me lo pensara dos veces: “¡Aquí!“. Entré con timidez y me dirigí al camarero en francés, aunque en seguida me contestó en catalán, ya que, en efecto, estaba en la Catalunya Nord y el encargado del café era de madre barcelonesa y padre galo, así que nos entendimos a la perfección y entablamos una animada conversación, ya que si yo hablo por los codos, él me superaba ampliamente en incontinencia verbal.

Al fondo, en una mesa, tres jubilados socializando, hablando y hablando sin parar desde hacía horas alrededor de sus vasos vacíos y una botella de vino medio llena. Entendía perfectamente que lo estaban haciendo sobre el recién finalizado Tour. Se vanagloriaban de la gran performance de los ciclistas franceses en esta edición, que la consideraban “exceptionnelle”, ya que tres de los suyos habían luchado por el podio y les habían hecho vibrar.

Se jactaban de que estos resultados no habían sido frutos del azar, sino más bien de la eficaz férrea lucha anti-dopaje que había producido esta eclosión, dando una nueva generación de limpios campeones franceses con mucho talento. Y se quedaron tan panchos.

Aun reconociendo esta labor, era incomprensible que dijeran, en voz bien alta para que les oyera perfectamente, que los oscuros años de dopaje habían expoliado de grandes victorias a los corredores franceses más íntegros.
También era comprensible que estuvieran tan exaltados ya que si no recuerdo mal desde hacía treinta años, desde el Tour del 84 con el duelo Hinault-Fignon, que los franceses no revivían estas fuertes sensaciones.

Por un momento dejé de escucharles, que ya había tenido bastante, y me puse a hablar con el joven responsable del local y lo hice, cómo no, hablando del tiempo y de este variable verano, ya que si algo caracteriza a los franceses es que les encanta hablar de la “méteo”. Un tema nos llevó a otro y le pregunté cómo era que en esta zona había tan pocos bares y tan poco ambiente. Me contestó algo que ya sabía, que el estilo de vida francés es así, pero también que desconocía: “está mal visto ir de bares por aquí” y que sobre todo por estos alrededores “no existían las típicas granjas donde los padres puedan ir a desayunar después de dejar a los niños en el cole”. “No hay marcha en Francia -continuaba explicándome-. Si quieres ir de fiesta tienes que desplazarte a las grandes capitales, Toulose o Marseille“.

Me contó algo muy interesante que tampoco sabía y es el hecho de que por todas estas comarcas del sur de Francia, además de que son las más pobres del país, es muy difícil, por no decir imposible, montar un nuevo bar o restaurante: “Los establecimientos más viejos los vetan“. Increíble, en el país de la libertad y la igualdad te boicotean un nuevo negocio. En fin, c’est la vie. Hablamos de la crisis, de cómo ha afectado al sector no sólo de estas regiones sino de casi toda Francia: “hace más de 50 años había en el país más de dos cientos mil cafés. Hoy en día apenas permanecerán abiertos unos cuarenta mil“, me cuenta resignado. Sin duda los franceses han recortado gastos ligados al ocio de salir, ya que beber y fumar les cuesta mucho más caro que en España. Qué lejos quedan los tiempos en que en los pueblos los bares eran los puntos de reunión de nuestros vecinos, donde hacían negocios y discutían como lo estaban haciendo en aquel momento aquellos viejos del lugar.

Por un momento paré la oreja de nuevo para atenderlos. Seguían hablando de su Grande Boucle, pero habían cambiado de asunto, dejando a sus jóvenes promesas a un lado y centrándose en un más que interesante debate sobre si el Tour debía o no pasar por otros países, ya que este año había partido precisamente desde Inglaterra y, aunque con gran éxito de público, no se ponían muy de acuerdo si era conveniente o no.

Uno de ellos argumentaba que la ronda es francesa y que por tanto debía limitarse a sus fronteras, ya que además por ese motivo muchos pueblos se quedaban sin ver pasar la carrera por sus calles. Otro le apoyaba discutiendo con fuerza y gritando: “Nôtre Tour est national!” aunque dejaba entreabierta la posibilidad de que sólo se traspasara a otros países como Italia en el caso de etapas de alta montaña. El tercero en discordia sí se mostraba a favor de un Tour con marca internacional para promocionar el país, ya que la carrera se retransmite para 190 países en todo el mundo.

Interesante y encendida conversación la que mantenían ahora, aunque me seguía manteniendo al margen y charlaba más cómodo de bicis y turismo con Damián, que así se llamaba el chico, un gran aficionado al cicloturismo, tal y como se entiende en nuestro país vecino, y que este año había participado en marchas duras como l’Ardechoise junto a otros, atención, 20 mil ciclistas que se habían atrevido con una de las varias propuestas randonneurs que ofrece la prueba y donde sufrió con mucho gusto el duro col de Mézilhac, o en el Tour de Sancy, en el Auvergne, donde definitivamente, y después de la instalación del tren panorámico, la marcha organizada por los amigos montferrandais se quedaron sin la ascensión final a la cima del Puy de Dôme.

Una lástima. También me explicó que en esta edición de la ascensión al Mont Ventoux algunos gamberros, por no llamarlos de otra manera, tiraron clavos en la carretera en la subida al Gigante de la Provenza, produciendo más de 200 “crevaisons”, entre ellos él, que pinchó varias veces. Vaya tela.

Vandales!“, dijeron mis amigos sexagenarios, mientras yo ya marchaba poniéndome mi chubasquero, mis guantes y mi casco, despidiéndome de Damián: aún me quedaba mucho camino por recorrer de vuelta al albergue y seguro me pillaría la lluvia.

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

Imagen tomada de http://www.playgroundmag.net
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