Quien es ganador nunca jugará a gregario

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Aprovechando que los amigos de Cultura Ciclista acaban de sacar “Un hombre en fuga”, la biografía de Marco Pantani de mano de quienes lo conocieron en la intimidad, quiero clavar estos dos párrafos de otra de sus obras, “Un diablo llamado dopaje”.

“Es evidente que el deporte es una fuente de ejercicio y puede promover el espíritu de equipo y la responsabilidad social. En este caso el deporte es una oportunidad o un medio para conseguir un fin. Pero involucrarse en el deporte por el deporte va más allá de lo que es edificante. En este caso el objetivo del/de la deportista es aproximarse tanto como pueda al dominio total de su disciplina. Está claro que se pueden encontrar momentos edificantes en el deporte de élite. En el ciclismo, por ejemplo, cuando un ciclista deja de lado sus propias ambiciones y tira de otro corredor para minimizar su pérdida de tiempo. O en el fútbol, cuando un jugador lanza la pelota fuera del terreno de juego para que un jugador del equipo rival que se ha lesionado pueda ser atendido. Estas son expresiones de deportividad y de juego limpio en el mundo del deporte.

Pero sería un error considerar que este tipo de gestos es lo que más importa en el deporte. El deporte de élite no es en esencia bueno; al contrario, es en esencia bello. En este punto adquiere sentido la distinción entre deporte de élite y deporte de masas. El deporte de élite empieza en el momento en que el deporte deja de ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo. Llega a ser una cosa cercana a una obsesión para el deportista, y el principal ingrediente de su vida: se convierte en algo cercano a un arte”

Este mes en Cycle Sport, la portada y pliegue central lo ocupa Mark Cavendish. El mejor sprinter de la actualidad, más que nos pese, analiza desde su afeitado de dos días la temporada que se cierra con una especial ventana a lo emotivo. Cav no es gregario, no puede ni quiere serlo, ni lo será. No le pidan ayuda, no la dará. Lo que hizo por Wiggo, a quien llama “mi hermano mayor”, en el Tour fue una dolorosa excepción que le llevó a la más absoluta contradicción vital.

“Podríamos haber ganado más etapas”,  “era mi Tour con el maillot arco iris”, “el verde y amarillo fueron objetivos compatibles”, “para cualquier otro ganar tres etapas es la hostia, yo lo considero un premio menor”.

Todas estas frases las fijan entre las mejores perlas que suelta el velocista insular. No cabe duda de que, añadidas a otras que hemos conocido últimamente sobre su relación con Team Sky, Cav pudo sentirse engañado por Dave Brailsford, pero al margen de la bisoñez que el veloz ciclista mostró desde un principio en este tema, de lo que no cabe duda es que la ambición de situar el ciclismo como “algo cercano a un arte” nos da la clave sobre ese tipo de corredores que, ávidos de triunfos, no reparan medios para logar el fin, convirtiéndose éste el medio.

Porque, ¿qué pensaron cuando vieron ganar a Mariane Vos el Mundial? Yo vi insaciabilidad, esencia de perfección. Competía contra ella, por el 10. Pedro Delgado, que comentó la carrera en TDP ese día, no daba crédito a tan magna exhibición. Tiró, rompió y copó la carrera como si no hubiera un mañana. Para Vos ese día Leonardo pintaba su “Última cena”.

Hablamos en definitiva de competidores excepcionales. Quizá ahora que nos preguntamos dónde esta el límite, veamos aquí que éste es tan difuso que marcarlo es un vano esfuerzo. Para contados casos el límite no existe.

 

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