Recordad a Laurent Jalabert como el gran campeón que fue

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Mi recuerdos de Laurent Jalabert son los de un ciclista grande, los de un tío grande. Su trayectoria se desarrolló durante la década de los noventa, la que todo lo pone en cuestión. Recuerdo cuando era el baby del pelotón en el Toshiba, compartiendo entrevistas con el eterno Gilbert Duclos Lasalle. Pasó a la ONCE y en su primer Tour vestido de rosa ganó la etapa de Bruselas en la que Lemond y Chiapucci le tendieron una emboscada a Indurain. A los dos años tuvo dos acontecimientos clave en su carrera: la etapa que gana en los Lagos de Covandonga y la brutal caída de Armetiéres por culpa de un gendarme que quiso ver el pelotón más cerca de lo recomendado. No hubo rincón de su cara que no escupiera sangre.

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En 1995 logró su campaña redonda con victorias que fueron desde la París-Niza a la Vuelta a España dejando por el camino la impronta de ciclista insaciable pero tremendamente respetuoso con el rival, cosa que no es sencilla. Ese día, camino de Mende, donde por cierto se bautiza la montaña con su nombre, vestido de verde, rozó la perfección poniendo en jaque el coche de Banesto. Luego con los años se convenció de que el Tour no estaba en su perfil, pero que sin embargo podía hacerse grande, e irrepetible, a base de triunfos que otros no prestigian pero que él siempre tuvo en el punto de mira.

Cerró el círculo, por decirlo de alguna manera, cuando fue campeón del mundo contra el crono en San Sebastián, asaltando el terreno que más se le resistía. Incluso en los años que podríamos llamar de añadido no paró de acumular triunfos como la montaña del Tour, la Clásica de San Sebastián, que en sus mejores años tanto se le resistió, y el Giro de Lombardía.

Ese fue Laurent Jalabert, un competidor nato, una persona que vivió por y para este deporte, que cometió pecados, qué duda cabe, pero que nos dejó una muesca en el corazón que sinceramente conserva la misma hendidura que hace 48 horas cuando vivíamos en la más completa ignorancia sobre las prácticas con el EPO que se le atribuyen.

Quince años después de aquel infausto Tour que empezó doblado con el masajista del Festina cargado de mierda camino de Dublín y finalizó con todos los equipos españoles en casa –qué poco sabemos de cierto sobre ese episodio-, el ciclismo sigue gota a gota, pieza a pieza desarmando lo que tanto costó construir. Lanzar estas acusaciones sobre un personaje como Jalabert es a día de hoy inaudito en la historia del deporte. Lo escrito escrito está, removerlo con la hilaridad que se confiere no conduce a nada salvo a convertirse en el hazmerreír del mundo, por si no lo fuera ya.

Sólo una recomendación para padres incautos, nunca sitúen un deportista de elite como referencia para sus hijos, la experiencia nos dice que los ídolos tienen pies de barro. Cuando no es un diario que dice que consumió EPO en su juventud, es otro que afirma que alterna con señoritas o defrauda al fisco.

El autor de este cuaderno no tiene la más remota idea sobre la culpabilidad de Jalabert y sus rivales en las prácticas que se denuncian. Es más, ni siquiera me planteo valorarla pues raya lo absurdo. No conduce a nada esta revisión, pues deja hueco el pasado y enturbia el presente sin que la catarsis sirva de mucho pues como vemos mongoles siguen surgiendo, llámense Santambroglio o Di Luca, y seguro que habrá otros.

Como en su día respondí a mi quiosquero de cabecera, que hace unos meses eché el cierre, cuando me dijo que sospechaba que su gran Eddy Merckx  iba hasta las trancas:

 

“Pues sigue viéndole como le recuerdas. El deporte de alto nivel es como la magia, tiene truco, y no le des más vueltas, siéntate en el sofá y disfruta. No pienses en lo que hay detrás”

 

Pues eso.

Foto tomada de LeDeralleiur

 

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