Recortes de Roubaix (y II)

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El Velódromo (viejo) de Roubaix

El viejo Velodromo de Roubaix ha sido desde 1943 (sólo con 3 años de excepción: 1987-1988-1989) el lugar donde termina la París Roubaix después de tantos años, aunque justo al lado se haya construido el nuevo velódromo cubierto Jean Stablinski. El encanto del Velódromo de Roubaix es el encanto de lo decadente, de lo clásico. Ver el velódromo en directo es una mezcla de excitación y decepción. Lugar mitificado por todos los amantes del ciclismo y sin embargo en directo es una instalación fuera de su época.

Rodar por su cemento y probar la inclinación de sus curvas es sentirse finisher y sentirse profesional por un día.

En la foto se aprecia la alegría de los diversos grupos que terminan la prueba. Unos levantan los brazos, otros imitan el famoso gesto de Museeuw en el año 2000, cada uno a su aire, los miles de cicloturistas van entrando durante horas, puesto que en los últimos kilómetros se juntan los ciclistas de las 3 distancias posibles, que a su vez tienen salida libre.

El Carrefour de l’Arbre o el cruce del árbol

El Carrefour de l’Arbre no es el tramo duro ni el más largo, poco más de dos kilómetros, pero durante los últimos años ha sido un tramo definitivo en la resolución de la carrera. Por primera vez introducido en el año 1980, Carrefour de l’Arbre es el segundo tramo de pavés con 5 estrellas tras Arenberg. La curva a izquierdas con la que se inicia el tramo, el restaurante al final, el árbol que le da nombre justo al lado. Ahora ya son lugares que han quedado fijados en nuestras retinas.

El último tramo importante, en el que uno ya no quiere saber más de los adoquines y busca algún pequeño resquicio junto a la hierba para no sufrir más el impacto de las piedras.

Este tramo ha sido los últimos años objeto de polémica puesto que el comportamiento de los aficionados no ha sido el más adecuado. Consecuencias de la ingesta masiva de alcohol en general y cerveza en particular.

El Carrefour de l’Arbre es, efectivamente, el cruce del árbol. Más de dos km de adoquín, tras los cuales ya no será fácil hacer diferencias.

Una fiesta del ciclismo

Ciclistas de todos los países, de todas las condiciones, unos bien equipados, otros con lo justo, algunos disfrazados de época como si esto fuera La Eroica o la Pedals de Clip. La París Roubaix evoca el pasado, eso no se puede remediar.

De lo que se trata es de disfrutar de una jornada festiva en la que por una vez el resultado deportivo es lo de menos y en cambio se trata de disfrutar con los compañeros de grupeta de un día muy especial.

En la imagen vemos uno de los participantes en una bicicleta de madera que, la verdad, dudo que le sirviera para hacer muchos kilómetros. La cantidad de cerveza ingerida por el susodicho es proporcional a su barriga. Hasta tal punto que también dio de beber al caballito que podéis ver en el manillar. La fiesta de Roubaix… y de la cerveza.

El centenario

Justo a la entrada del velódromo hay un sencillo monumento, que representa un adoquín, cómo no, que conmemora los 100 años de celebración de la París Roubaix.

Un adoquín gigante que es el símbolo de toda la prueba. Un adoquín que también reciben los ganadores desde el año 1977.

Si bien la primera vez que se celebró la prueba fue en 1896, con los parones de la Guerras mundiales, fue en el año 2002 en que se celebró el centenario de la prueba y cuando se instaló este adoquín gigante, que ha pasado a ser otro de los puntos de peregrinaje de los cicloturistas de todo el mundo.

Las medallas de Roubaix

Las marchas cicloturistas se valoran por su paralelismo con las pruebas profesionales, por su historia, por su recorrido. Y cuando uno ya tiene todo eso, los detalles marcan la diferencia. Cuando íbamos a Roubaix, los amigos nos encargaban un adoquín, pero ese no es el regalo que ofrece la organización. El regalo que ofrece es una sencilla medalla que acredita que tú pasaste por los terribles tramos adoquinados y que, en cualquiera de sus versiones, terminaste la prueba. Es la medalla que nosotros, en la foto y a lo Rafa Nadal, mordemos comprobando su autenticidad.

En nuestro caso, fuimos a la Challenge Paris Roubaix, prueba que se organiza el mismo fin de semana de la carrera profesional. La Challenge tiene 3 posibilidades: una ruta de 171 km con salida en Busigny (hay que coger un autobús de madrugada hasta la linea de salida), la de 141 km que sale de Roubaix y que incluye los últimos 18 tramos de pavés (desde Arenberg hasta el final), y la de 70 km, tambien con un recorrido circular.

Pero para los más puristas, hay que decir que la genuina Paris Roubaix Cyclosportive se celebra cada dos años (los años pares) el mes de junio con dos distancias, 210 (autoproclamada La Leyenda, aunque no es exactamente el mismo recorrido que la carrera profesional) y otra de 120 km que incluye también los tramos de pavés más famosos. Ya lo sabéis.

La tradición

Uno de los muchos alicientes de la París Roubaix. Una de las tradiciones a respetar. Otro anacronismo. Desde 2003, el nombre de todos los vencedores en Roubaix se halla grabado en unas placas que identifican no las duchas, sino unas minicabinas individuales donde el sábado se cambian los cicloturistas y el domingo los profesionales. Esto no son los lujosos vestuarios de los estadios de fútbol modernos. Esto son unas austeras duchas que podrían ser las de cualquier campo de fútbol base. Un lugar donde limpiar el polvo, el sudor, el barro y recordar la gloria y la miseria de una de las carreras más bonitas que existe en el calendario internacional.

Después de más de seis horas de lucha contra el resto de corredores y contra las piedras, los profesionales seguirán durante unos minutos más en el pasado. Viviendo el anacronismo que significa una prueba tan especial del Siglo XIX disputada en el Siglo XXI.

Por Claudio Montefusco

INFO

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