Repensar la lucha contra el dopaje como quien da la vuelta a un calcetín

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Escribo esta entrada ‘a petición’ del compañero Iván y, francamente, me da un poco de miedo. Pese a mi trabajo, no soy un experto en psicología deportiva ni medicina del deporte. Ni me considero un gran deportista. Simplemente un practicante del bello deporte del ciclismo. Con mucha motivación, que no rendimiento, y  muchas horas de sofá viendo carreras por televisión.

He disfrutado de niño con Perico, Fignon y Lemond, de adolescente con Induráin, Rominger, Bugno, Chiapucci, de más joven con Escartín, Montoya, Beloki, Zulle o Armstrong  (pese a que siempre me ha costado digerir el personaje) y actualmente disfruto de los Valverde, Contador, Cancellara, Froome, etc.

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Todo este tiempo siempre con el ciclismo empapado de escándalos alrededor del dopaje. Con una impresión ‘rara’. Si bien uno está un poco metido en el mundo cuesta tener una visión más o menos definida como aficionado, e incluso como ciudadano. Esta semana Gaumont, famoso por, aparte de su carrera como ciclista, relatos que describían perfectamente ciertas prácticas de dopaje en sus años de profesional, ha entrado en coma. Y tras los malogrados casos del Chava, Vanderbroucke o Pantani uno teme lo peor por su salud.

Recordemos algunos de los últimos episodios que han resultado vergonzosos para el ciclismo. Por citar algunos: el numerito de Ricco jurando por la vida de su madre que nunca se había dopado, el grande de Vinokourov apelando a una caída su extraño cambio de sangre, Landis asumiendo su defensa a través de donaciones de seguidores que creían limpio, o Rasmussen diciendo que había pensado suicidarse tras ver que la gente no creía en su inocencia.  Y ¿qué decir del extraño caso del bistec de Contador?.

El caso Armstrong es el enésimo ejemplo de un deportista confesando haberse dopado aparentemente arrepentido. Hasta aquí nada nuevo. Tampoco se debe ser ingenuo pensando que este perdón respira verdad. El encorsetamiento de sus palabras sigue una estrategia de defensa de su patrimonio y futuro antes que un reconocimiento de culpa verdadero. Algo tipo “lo reconozco ahora antes de que lo pierda todo; o esto vaya a peor”. Eso sí, todo disfrazado de cierta emoción. Un recurso que puede funcionar bastante para que Estados Unidos redima a un personaje que, aparte de deportista, se ha convertido en un referente por su lucha personal y fundacional contra del cáncer. Y que también ha profesado aspiraciones políticas.

En ningún momento se debe dudar de sus cualidades deportivas. Al contrario, Armstrong seguirá estando entre los mejores ciclistas de la historia. La ayuda ilegal y frecuente no ha hecho que haya ganado Tours con facilidad aunque lo sitúa en una posición desigual hacia quien está cumpliendo las normas, en la lógica de la propia competición. Pero cuestiona el personaje público que se ha pasado años vendiendo discursos de inocencia y dando lecciones de ética y superación, a menudo ocultando otros rasgos curiosos de su propio ego.

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La Operación Puerto también ha destapado que no estábamos hablando ni de casos aislados ni de estrategias pequeñas. No todo ciclista se dopa, obviamente, pero han aparecido verdaderos montajes entre equipos.

Existen ciertas similitudes entre el debate sobre la legitimidad del uso de sustancias, sea con finalidades recreativas, medicinales o para la mejora del rendimiento. Si bien su consumo dista por lo que a finalidades se refiere, debe distinguirse entre quien usa sustancias para mejorar el rendimiento, a quien las usa para conseguir ciertos estados placenteros o no. El momento actual debe servirnos para plantearnos si la política sobre su consumo está dando los resultados esperados. Y si cumple un planteamiento lógico: hagamos una lectura críticamente de los hechos y revisemos la inutilidad de algunas propuestas. Destaquemos al menos un par de cuestiones para no caer en discursos vacíos.

De entrada, cuidado con hablar de ciertas éticas en la cuestión del deporte profesional. No olvidemos que se mueven millones de euros en contratos por ganar pruebas de 3.500 kilómetros pedaleando con apenas pocos minutos menos que el segundo clasificado. Como tampoco justifiquemos demagógicamente que el dopaje es una influencia negativa para niños y jóvenes, o que transmite valores de dudosa moralidad. El tema del dopaje debe afrontarse como una cuestión de salud y no de moral. El reto no es prohibir su uso, sino dar respuestas sensatas a una compleja cuestión que ya hace tiempo que está subordinada a exigencias comerciales, deportivas y económicas que deberían regularse.

Por otro lado, el deporte profesional obliga a repensar las lógicas de esfuerzo y resistencia. Tampoco vendamos cierta idea de salud y bienestar si de lo que se trata es de deportes de fondo y competición. Y es evidente que ciertas prácticas de ayuda externa  pueden ayudar a mejorarlas, si se cumplen unos márgenes de seguridad (y eso lo dicen Eufemiano y muchos otros médicos). Aceptando esta realidad evitaríamos, probablemente, evitar un uso excesivo de sustancias dopantes, y de mayor riesgo, y apelar a la moderación y mejor control.

Destaco un artículo del Doctor Fernando Caudevilla, experto en el uso de drogas, que nos habla de la realidad del uso de sustancias dopantes en el deporte amateur. Y acierta cuando dice que

 

muchas de las sustancias empleadas en suplementación deportiva cuentan con suficientes ensayos clínicos como para poder proporcionar al usuario interesado en utilizarlas consejos sobre cómo hacerlo de forma razonablemente segura, aunque son pocos los profesionales sanitarios interesados en este aspecto y el uso de anabolizantes con fines estéticos sigue siendo un tabú’

 

Todos los ejemplos y prácticas explicadas por Armstrong, Manzano, Gaumont y Millar nos enseñan que un imprescindible control sanitario y de seguridad hacia las personas brilla por su ausencia. A la vez, el mercadeo y oscurantismo de la estrategia nos obliga a perder mucho margen de seguridad. Estos ejemplos deberían servir para regular un tema, el uso de sustancias en el deporte profesional, en el que la manoseada política de la “tolerancia cero” parece no dar respuesta a una práctica bastante instaurada y tolerada durante años. Si el planteamiento de ‘Lissawetsky’ ya iba por esta dirección, parece que todo lo que le sigue también.

Ha quedado sobradamente demostrado que las políticas de control de la oferta, persecución del individuo y prohibición generan más problemas que no soluciones, y son contraproducentes, pues aumentan el consumo a pesar del pretendido control de la oferta. El reto es abrir el debate de la regulación legal. Eso sí, utilicemos un discurso maduro y coherente. Es decir, reconducir la inversión a perseguir la oferta a favorecer una demanda controlada: mayor dedicación en investigación, prevención e información.

Puede ser más sensato afrontar esta realidad, y discutirla, que seguir presenciando brindis al sol ante un nuevos positivo: extrañas justificaciones sobre bistecs contaminados, cremas para la piel, o sobre como medio pelotón está afectado por asma. Y más cuando todo esto se descubre años después y los implicados o no están o no quieren estarlo.

Los que temen a este proceso apelan a que los beneficios de regular el dopaje  en el deporte profesional causarían el posible aumento difícilmente demostrable del consumo y los problemas de salud. Pero obvian aspectos positivos que podríamos controlar:

 

(1) se tendría una práctica más controlada (conocimiento de las sustancias y su administración);

(2) situaría los deportistas en espacios más “seguros”, por tanto, controlados;

(3) dispondríamos de más control de la accesibilidad. Y un sinfín de etcéteras.

 

Aunque abrir el debate sobre la regulación del uso de sustancias -que no dopaje- en el deporte profesional -no sólo en el ciclismo- resulte aún, en el siglo XXI, políticamente incorrecto.

 

Por Jordi Bernabeu, psicólogo, educador y no muy buen ciclista

6 COMENTARIOS

  1. Hola Iván,

    ante todo, gracias por dejarme expresar esta opinión. Seguro que mucha gente no la compartirá. Lo único que creo es que si se regula (que se puede tomar y que no, cómo, cuando, etc) sería todo más sensato, realista, y en ese entonces podríamos hablar de verdaderos tramposos, pues no siguen el reglamento. La ayuda externa (se llame o no dopaje) ha estado, está y estará. Aceptarlo no es dar marcha atrás. Si no qué se puede (y porqué) y que no. Salud!

    • Saludos. Primero, felicidades por el comentario. Es una cuestión de sentido común ver que los extremos en el tema del dopaje no dejarán que sobreviva el deporte. Sinceramente, coincido en que quienes hemos pasado por probar un poco del deporte podemos opinar -que siempre es arriesgado- por la necesidad de hacer del tema una cuestión de salud, como la prostitución y el consumo de drogas recreativas. ¿Qué haría la diferencia? como dice el compañero del comentario anterior: espectáculo o deporte (NBA o FIBA) y aceptar dos calidades de entretenimiento. Gracias por compartir tus reflexiones.

  2. Completamente de acuerdo contigo en los planteamientos, incluso yo abogo por una asociación profesional tipo NBA, NO FEDERACION, en la que todos estos extremos que comentas queden expresados por escrito y que sean debatidos por los propios interesados. Ellos serían quienes deberían hacer sus normas, marcar sus fronteras y decidir sus castigos.

  3. Gracias a Jordi por su reflexión. El doping, como cualquier tema humano, no admite una sola lectura ¡qué más quisiéramos!, pero sí merece un análisis detenido. Insisto en que como sociedad es difícil pedirle al deporte una limpieza que no tenemos. No perdonamos al héroe que confiesa (o se le pilla) y se pontifica pretendiendo el ostracismo para quien nos ha traicionado. Olvidamos que el tema de fondo es la salud del atleta, su preparación y seguimiento a manos de un profesional de la salud competente, ¿o no se trata el deporte de mejorar a través de su práctica la calidad de vida del individuo? ¿es al contrario porque hay intereses económicos muy poderosos detrás? Entonces no nos rasguemos las vestiduras, y aceptemos -todos, incluido el atleta- el tema como viene. Una sociedad madura no se espanta de las flaquezas humanas.

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