Retales de Lieja, la mejor de las clásicas

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Le llaman la decana, fue la primera de las grandes en tener cien años. es la Lieja- Bastogne- Lieja, un terreno legendario surcado de densos bosques, de ciudadelas, de historias que hablan de batallas de ida y vuelta, las Ardenas, terreno de gloria y calvario de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial.
El último gran episodio de la primavera, qué pena que se nos vaya ya cuando hace ocho semanas hacíamos sumario de lo que se nos venía encima, es para mí, y sé que discrepo con la vox populi del frikismo ciclista, la clásica más bella. Desde Lieja salió un día un pelotón de valientes más allá del siglo XIX en trayecto de ida y vuelta cuyo punto de inflexión debía ser aquel enclave desde el que diera tiempo a deshacer el camino en la misma jornada. Bastogne fue ese punto.
Desde entonces muchos retales quedan en nuestra retina. Aunque de los recientes, los que mis tres décadas de vida me dan para recordar, rememoro aquellos que nos ofreció un toscano de pedaleo poderoso y morro arrimado al manillas. Las dos ediciones que ganó Michele Bartoli fueron para mí las más espectaculares de cuantas recuerdo, aunque no comparables a la memorable que marcó Hinault sobre la manta de nieve que acomodó sus tubulares en la más dantesca edición.
En 1997 la ONCE, ese equipo que rememoramos últimamente con asiduidad merced al revival mediático, y también twittero de su mentor, Manolo Saiz, aparecía con el dream team. Salieron a por todas ya en la Redoute, lugar que en un principio confundí con esa casa de venta a distancia que patrocinó la Roubaix también esos años. Zulle & Jalabert, la pareja amarilla atacó al unísono con Bartoli soldado a rueda. No hubo manera, una vez uno, otra el otro, Zulle primero, luego Jaja, volvía Zulle, insistía el francés,… Bartoli los conjuró todos. En Ans dijo basta y armó él su ataque el definitivo. Con tal superioridad no fue de extrañar que con el número uno a las espaldas al año siguiente sumara un segundo triunfo que no pudo convertirse en tercero merced a otro valón que, como Gilbert ahora, dominaba las cotas. Hablamos de Frank Vandenbroucke.
VDB dio paso al periodo Mapei, donde un bien aleccionado Bettini se hizo un poco más grande, a costa de otro diminuto ciclista David Etxebarria, un par de veces podio en esta clásica que históricamente no ha tratado al ciclismo español como merece. Para salvar tal afrenta hubo de llegar Alejandro Valverde, por partida doble, demostrando en su ausencia que quizá sólo él pudiera plantarle cara al coco valón, y es que ahora mismo otro nombre que no sea Gilbert, más si la carrera llega junta al final, no se nos ocurre en la quiniela del domingo.
Aunque no se confíen, el proponentico en Lieja es poliédrico, no siempre ha ganado el mejor, que se lo digan a Jalabert el año de Gianetti, y los matices de la táctica juegan. 

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