El rival sin nombre

0
1
vistas

Ya está ahí otra vez. ¡Qué pesado! Cada día me lo encuentro al salir de casa, a la misma hora, cuando me dispongo a rodar un ratito. Casualidad o no, parece que coincidimos en los días de “entreno”. ¡Qué cosas! Encima lleva una bici como la mía. Y además, como siempre también, sin saludarme ni dirigirme la palabra. Ya le vale.

Me pongo a su rueda pero manteniendo una cierta distancia. De momento no quiero que se pique, de momento… Y es que, como cada martes o jueves que salimos, hacemos siempre también la misma ruta. Él va a su bola, sin mirar atrás. Yo le miro de reojo, observando sus movimientos, tanteando mis posibilidades de, una vez por todas, darle un poco de caña, porque últimamente me tiene frito y en cuanto me descuido lo pierdo de vista.

Se me va un poco, unos 50 metros. Aprieto un poco para, una vez hayamos salido de la ciudad y a carretera abierta, poder ponerme a su rueda, si me deja. Parece que está fuerte. Le sigo, le sigo. 10 metros y ya lo tengo. Me pongo a su lado pero tampoco le digo nada, ni se inmuta. ¡Qué carácter! Y sigue callado, dándole fuerte a los pedales. Pero esta vez aquí me tiene y le enseño mi rueda de atrás.

Ahora se mantiene pegado a mí. Lo quiero soltar, pero de momento no puedo. A veces, se coloca también a mi lado, desafiante. Intenta rebasarme. No lo consigue. Yo sigo apretando y se pone ahora, otra vez, a rueda.

Llega un repecho, fuerte, y el tío me demarra y se larga, no mucho, unos 100 metros y me deja algo frustrado. Sin embargo, aún lo tengo en mi campo de visión. Los dos conocemos muy bien la ruta y sabemos dónde apretarnos. Ya llegará mi oportunidad, ya… La distancia con él va aumentando o disminuyendo, según los caprichos de esta carretera, muy técnica, entretenida y divertida, con continuos cambios de ritmos, subes, bajas, curveas… por eso nos gusta tanto y siempre venimos por aquí.

Ya queda poco para llegar a mi terreno favorito, 500 metros de falso llano, con tendencia descendente, donde lo meto todo y ruedo “a fondo”. En efecto, cada vez lo veo más cerca, sigo dándole fuerte a los pedales, ya lo tengo, ya lo tengo… y lo adelanto con tanta fuerza que no le doy opción si quiera a engancharse a mi rueda. Seguramente no me esperaba. Pensaría que estaba más lejos. Yo no le he visto ni la cara. Y tiro para adelante, sin mirar atrás, pero me parece que le estoy dando caña. Sigo, sigo… y venga va, me giro un momento y lo veo lejos, a unos 200 metros.

Estoy a punto de acabar el recorrido, este precioso circuito que me he diseñado. Parece que esta vez no “viene”. Yo a lo mío. Mil metros y finalizo. Llego a casa. Ya está. Un “beep, beep”, me alerta y me hace mirar de nuevo a mi GPS, instalado en el manillar: “¡Felicidades! ¡Has ganado!”. Y sonrío con satisfacción. Me acababa de meter dos minutos a mí mismo, o lo que es lo mismo, a mi “compañero virtual”, el que me acompaña día tras día.

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

Imagen tomada de www.sportiuk.es