Roubaix, la contracrónica

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No nos cabe la menor duda que la clásica París-Roubaix, que acaba de celebrarse, constituye por esencia una de las carreras más representativas del calendario ciclista internacional. Es siempre un aliciente el adentrarse en esta prueba y poder vibrar en el transcurso de su desarrollo. Esta vez, sin embargo, se produjo la gran sorpresa, sorpresa protagonizada por el australiano Mathew David Hayman, un nombre que no sonaba ni de lejos entre los posibles ganadores. Pero en una carrera de estas características, aunque tenga la fama que tenga y merezca, puede adolecer de golpes inesperados que nadie esperaba o espera. Es la ley del deporte. Los vaticinios muchas veces caen en saco roto.

Sorpresa y dureza en la gran clásica

El actual vencedor, que ha tenido un pasado sin apenas victorias de importancia, ha conseguido triunfar, además, llevando sobre sus espaldas una marcada veteranía, que se traduce en sus 37 años cumplidos, lo cual no deja de ser un mérito digno de aplauso. Cabe afirmar que esta competición no fue de fácil digestión con sus tormentosos 257 kilómetros de recorrido, en donde se incluían 27 tramos de piso adoquinado, que computaban la suma de 52 kilómetros, toda una pesadilla.

El promedio registrado, otro ingrediente a tener en cuenta, fue elevado. El vencedor rodó a 43,910 kilómetros a la hora, un dato a tener en cuenta también. Bien es verdad que no se consiguió batir el récord de la prueba, que sigue ostentando el belga Peter Post, con 45,129 kilómetros, hecho que consiguió en el lejano año 1964, emblema que perdura en el pedestal de los honores.

El pasado y el presente

La carrera que nos ocupa cumplía su 114ª edición, remontándonos a su fecha inicial histórica que se sitúa en el año 1896, con la victoria del polifacético ciclista alemán Josef Fischer, que se dedicaba a practicar otras diversas modalidades deportivas. Siempre llamaba la atención entre las gentes al mostrarse sumamente excéntrico con los que le rodeaban y le admiraban. Así, indirectamente, le servía para crearse un buen cartel publicitario.

Cabe señalar que la presente París-Roubaix tenía un buen aliciente. La presencia en la línea de salida de tres importantes ciclistas del momento. Por un lado, estaba el belga Tom Boonen, y por el otro, la alineación del eslovaco Peter Sagan, el actual campeón del mundo de fondo en carretera, y el suizo Fabián Cancellara, otra estrella siempre atractiva en el mundo de la bicicleta. Una vez más se dio la salida en la ciudad de Compiègne, presidida por la silueta inconfundible del castillo de Luis XV, en homenaje al rey de Francia. Aunque se libraron pronto algunas escaramuzas que no llegaron a cuajar, lo importante fue que se cubrieran las dos primeras horas de carrera a un promedio vertiginoso de 47 kilómetros a la hora, una cifra que en cierta manera magnifica el hervor intrínseco que poseía la citada prueba.

Apenas faltando un centenar de kilómetros para la meta, tras cruzar los densos bosques de Arennberg, el pelotón quedó seriamente fraccionado por la intensidad de la contienda, destacando la prestación del español originario de Pamplona, Imanol Erviti, que se mostró muy activo e incluso pedaleando durante un trecho en solitario. En la meta de Roubaix, justo hay que afirmarlo, el citado corredor norteño obtuvo la novena plaza, a poco más de un minuto del australiano vencedor.

Cabe anotar, cuando quedaban por cubrir una cincuentena de kilómetros para la meta de Roubaix, cuando se produjo una fuga a dúo compuesta por el británico Stannard y el belga Vanmarcke, este último extremadamente belicoso. Paulatinamente surgieron en vanguardia otros varios audaces dispuestos a definir la contienda, que, poco a poco, fue entrando en su fase trascendente. Se puede decir que los kilómetros postreros dilucidaron a los corredores que poseían más posibilidades para hacerse en definitiva con la corona del triunfo. Quedaron al mando unos pocos: un quinteto selectivo compuesto por el noruego Boasson-Hagen, que se erigía como el favorito para ganar por su desenvuelto punto de velocidad, acompañado por los belgas Boonen y Vanmarcke, el británico Stannard y el australiano Hayman; es decir, una composición internacional en órbita.

¿Quién imaginó a Hayman como vencedor?

A tan sólo 2 kilómetros del final entraron más oportunamente en liza Boonen, que perseguía a toda costa conseguir su quinto triunfo en el historial de esta clásica, al que se unió con ímpetu Hayman, que en última instancia, en el último soplo, se llevaría la victoria en el mismo velódromo de Roubaix, que posee un anillo de 250 metros, con unas gradas repletas por un gran público. El ciclismo, todos lo sabemos, posee muchas alegrías, y, a veces también, no pocas tristezas. La cara y la cruz estuvieron allí presentes de forma palpable.

Más vale tarde que nunca

Digamos que el sorprendente Mathew Hayman, repetimos, causó una enorme sorpresa, dado que hasta la fecha no había sobresalido mucho dándole a los pedales. Se sabía que había participado en la París-Roubaix, con esta última, quince veces; es decir, que sabía, eso sí, el terreno que pisaba. Nació en la población de Camperdown. Mide un metro con 90 de altura y pesa 77 kilos. Es profesional desde la temporada del 2000. Actualmente milita en las filas del equipo australiano Orica-Greendge Cycling Team. En su palmarés cabe destacar el haber sido medalla de oro en los Juegos de la Commonwealth (2006) y ganador de la París-Bourges (2011). La gloria le ha venido tarde, con la célebre París-Roubaix. Más vale tarde que nunca.

Conclusión

Recopilando datos históricos concernientes a la París-Roubaix, resulta que existen dos belgas que han conseguido la máxima marca en esta competición; es decir, el vencer esta carrera de campanillas en cuatro ocasiones. Son Roger De Vlaeminck (1972, 1974, 1975 y 1977) y Tom Boonen (2005, 2008, 2009 y 2012). Por naciones, Bélgica se lleva la palma, con 56, triunfos, siguiéndole Francia, con 28, e Italia, con 13. Por otra parte, el australiano vencedor Hayman, constituye el segundo que logra este trofeo a favor de su país, el país de los canguros, un acontecimiento excepcional.

Como conclusión quisiéramos informar que esta clásica para los representantes españoles no ha sido propicia en cuanto a resultados. Tan sólo cabe en el recordar los segundos lugares logrados por el fallecido Miguel Poblet, en el año 1958, y por el hispano argentino Juan Antonio Flecha, en el 2007.

Por Gerardo Fuster

Imagen tomada del FB de la París-Roubaix

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