Samuel Sánchez se sigue pellizcando cuando mira la medalla

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Pocos días derrumban emocionalmente a un servidor. En ciclismo escasos. Casi contados con los cinco dedos de una mano: el mundial de Olano y el primero de Freire, la crono de Luxemburgo de Indurain las medallas de los pistards en Atenas 2004 y la presea dorada de Samuel Sánchez en Pekín 2008. Aquel 9 de agosto era sábado. Caluroso. La carrera fue de mañana. Un momento irrepetible, ahí, en la gran Muralla, Samu se hizo fuerte, se nos volvió eterno.

Poco después tuve la fortuna de hablar con él de aquel día para Ciclismo en Ruta. Samu siempre atiende con una perenne sonrisa. De aquella publicación recorto la “parte olímpica”.
Dijo un día sentirse abrumado por lo que significa un oro olímpico. “Me conocen 25.000 veces más” repite. No es para menos. Le preguntamos por su actividad de actos, seminarios, presentaciones, homenajes, promociones, cenas, charlas, premios, galas y demás desde que eclosionó con su título en Pekín. Duda. No sabe qué decir, pero echa mano de la agenda, ojea, hace cuentas, le salen 30 actos. “No están todos” apunta. “Ya ves, casi un mes de actos, de aquí para allá, mareado, espero que esto acabe en breve para poder entrenar en condiciones” prosigue. “No sé decir que no” remacha. Le hemos visto competir contra un monoplaza, vestido de motero, en la presentación del Tour, en actos solidarios,… una locura tal que no le dejó, entre otras cosas, estar al nivel que él hubiera deseado en el Mundial.
Por el contrario, algo nos dice que para Samuel Sánchez este chorro de popularidad le satisface, no le inoportuna. De entre todos, destaca principalmente aquellos momentos que le han servido de homenaje intimista y cercano, el de sus dos peñas, la de Oviedo y la vizcaína de Güeñes. Homenajes en toda su expresión, con consistentes platos en la mesa, pero no en la suya. Ensalada y entrecot compusieron su menú. A pesar de tanto ajetreo no pierde el norte, él es ciclista 365 días al año.
Hace diez meses Samuel tuvo su pequeño Unai. Su errante oficio le impide disfrutar en mayor medida de él. Ello pesa en la pareja: “Es increíble lo que mi mujer –Vanessa- tiene que bregar con ellos día a día. Mi paternidad es complicada, paso mucho tiempo fuera de casa. Por eso cuando estoy en Oviedo, el oírle llorar por las noches a veces me desborda por que no sé qué hacer. La labor de las madres tiene un valor incalculable, no somos conscientes”. Su hijo mayor, Diego, fruto de un anterior matrimonio de su esposa, de siete años aprende en tiempo récord a tener un padre famosísimo. “No deja de decir, jo a Samu no paran de saludarle por la calle, es un rollo” ironiza. Al menos ha podido compartir unos días de piscina tinerfeña durante noviembre, ese bucle quizá ha sido el único que ha tenido enteramente para los suyos.
De los Juegos salió un corredor revalorizado. Ofertas y tentadoras cifras rondaron al ciclista, pero Samuel valoró el esfuerzo de la que ha sido su única casa en el profesionalismo. “Para que nos vamos a engañar, claro que he cedido en mis pretensiones, pero es que el equipo ha llegado allá a donde podía llegar, lo sé, y eso me valió. No me puedo quejar de ninguna de las maneras, mi cambio ha sido además sustancial” completa. Durante una pequeña miniconcentración a finales de noviembre en Derio, cerca del aeropuerto bilbaíno, el equipo anunciaba su viabilidad hasta el 2010 y en este pasaje Samuel debe ser actor principal.
Luces y sombras a la luz del Olimpo
El día 9 de agosto de 2008 se ha convertido en el segundo cumpleaños de este risueño ovetense. Se colgó un oro, el primero de la delegación española, que le situó allí donde ningún otro resultado te puede lanzar. “Da igual que haya ganado tres etapas en la Vuelta y todos mis resultados anteriores, aquel día pasé a ser conocido por la mayoría de la gente” admite. Y así fue, en la primera jornada de las olimpiadas pekinesas fue portada en medio mundo, en el otro medio oyeron su nombre por primera vez.
“A los Juegos iba con la certeza de que estaba muy bien”. Esa convicción nos la trasladó durante la carrera. “Fue un día con unas sensaciones increíbles, dominando en todo momento la situación, leyendo la carrera, controlando a los rivales. En esas condiciones sabía que de presentarse una oportunidad no la podía desaprovechar nunca, nunca. Cuando arrancó Kolobnev sabía ese era mi momento. De los seis que llegábamos era el más rápido sobre el papel, pero es que además tenía unas piernas increíbles” relata de esa dorada jornada. “Rebellin no me daba ningún miedo. Las veces que habíamos disputado un sprint le había batido, la última el año pasado en el Giro de Lombardía para meterme en el podio”. Su certeza fue la clave de un éxito que meses después le sigue desbordando. ¿Qué recuerda Samuel del podio? “Nada, nada, te lo puedo asegurar, tenía la mente en blanco. He visto las imágenes 1000 veces, y otras tantas que lo haré para creerme lo que ese día logré. El bello se sigue poniendo de punta”. El astur se pellizca, pero el sueño sigue. 
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1 COMENTARIO

  1. Si Samuel se sigue pellizcando cuando mira la medalla, es posible que hoy le hayan "pitado" los oidos de lo que nos hemos acordado de él. Ha sido una verdadera lastima su ausencia.Ya pasó la carrera que el ganó y ningún español ha podido hacerse con una medalla, va a estar dificil conseguirlas.

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