Serie 12×12: La ancha espalda de Alexandr Vinokourov

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De Alexandr Vinokourov se habla mucho. Muchas veces mal. Se le tacha de rudo, frío y muy tramposo. El ciclismo le ha ubicado en el doble filo. Si su carisma no caminara por el lodo de lo “ilegal” quizá hoy no hablaríamos de él aquí y ahora. Una longeva trayectoria arrancada en ese equipo que apestaba a dopaje llamado Casino y trufada por varios escándalos contrarrestados por golpes de efecto. A cada desliz vital, el hombre que puso a Kazajistán en el mapa ciclista respondió con una más sonada. Una vida en el borde.

En San Sebastián Vino dijo basta. Tras volver cuando su cadera crujió en una cuneta del Tour de 2011, el celeste puso punto y final en la carrera donostiarra, la primera y última que compitió ataviado de los parabienes olímpicos. Pascal Richard los lució primero que nadie, Jan Ullrich no hizo gala, Paolo Bettini algo más y Samuel, los grabó a fuego en su marca. Vino ganó y se largó.

Como un buen vino, envejecido, traído por los sabores de la experiencia, el rubio supo decir adiós antes de un mal rayo le partiera en dos, bien fuera caída, bien fuera amaño, bien fuera otro positivo.

Llegó a Londres en la más oscuras de las catacumbas. Representaba todo aquello que esa olimpiada “Inspire a generation” quiso combatir. En medio de adalides del ciclismo pulcro y transparente, casi como ese gótico vertical y vidriado de Westminster. Pero en el tramo que va de Buckingham a Trafalgar Square, en la avenida cuyo asfalto aparece tintado, en The Mall, el kazajo demostró que un ciclista de verdad es aquel que, haciendo siempre lo mismo, sigue sorprendiendo.

Como en los Campos Elíseos, como en otros tantos escenarios, donde no llegó el talento arribó el genio y la naturaleza. Jugó a con la reina entre un grupo de peones, entre ellos la pléyade murciana Luisle &V Valverde. Muñequitos en su mano. Casi como Rigoberto Uran, un magnífico ciclista tremendamente torpe en el manejo de las perspectivas. Cuando quiso comprobar donde venía el grupo, Vinokourov ya le había colgado la plata del cuello.

Esta vez la máquina además no pitó. El oro de Alexandr Vinokourov fue de Ley, mayúsculo, mal que les pese a muchos. Este sistema imperfecto es lo que tiene. A su espalda el positivo de 2007, el amaño de la Lieja de 2010, las luchas intestinas en Astana. Le resbaló. Espalda ancha y rostro largo. Alexander Vinokourov es sin duda otro que daría para novela, pero no sabemos si de rasgos caucásicos, o extravagancia francesa.

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