Serie 12×12: Peter Sagan o confundir talento con precocidad

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Se deja querer

Hay un ciclista con de jeto niño que celebra los triunfos imitando a quién sé yo, quizá Forrest Gump, que gana por docenas, arrasa por donde pasa y acumula el palmarés que al más común le cuesta dos o tres trayectorias deportivas. Procede de un país de escasa cuando no nula tradición velocipédica. Es arrojado, no se calla. Emprende. Incluso enamora en las salidas. Viste de verde, color esperanza, en la mejor carrera.

Se deja querer

Obviamente Peter Sagan es la gran revolución de los últimos años. Justo cuando Joaquim Rodríguez empezaba a moldear la que fuera su primera gran temporada en Katusha, la de 2010, en la gélida París-Niza surgía un corredor con un instinto de uno entre un millón. Era un Liquigas y aquello no fue espejismo. Desde entonces Peter Sagan no ha hecho más que crecer.

Su fisonomía entronca con dos grandes que estos ojos sí han visto: Sean Kelly y Laurent Jalabert. De ambos toma la certeza de un límite difuso e indefinido. En la carencia de resultados en un objetivo concreto se aposenta siempre la misma pregunta: ¿Qué más puede lograr?. Cada día que se supera, abre un horizonte, la perspectiva varía: un día gana en la París-Niza, al siguiente logra el verde del Tour, al otro se impone entre los mejores de un monumento…

Contaba Laurent FIgnon que una de las cosas que más le horripilaba del ciclismo actual es la especialización y desecho de parte del calendario en pos de un objetivo. El rubio parisino ganó por ejemplo dos ediciones de la Milán-San Remo y no omitió verse en la París-Roubaix, donde nunca optó en firme pero al menos se personaba. No cabe duda de que Sagan aún se ve lejos de optar a una general de tres semanas, pero ésta flotaba lejos de las miras de Jalabert hasta que un día: zas.

Peter Sagan ha culminado un año redondo, perfecto. Cuando aún balbuceaba y se iniciaba en las papillas Johan Museeuw ganaba la etapa del Tour que me descubrió Le Mont Saint Michel. Con seis meses de vida tan solo Miguel Indurain rompía a Greg Lemond en Luz Ardiden y a Marino Lejarreta en Jaizkibel camino de Donostia. Al año y medio de vida de Sagan el navarro ganaba su primer Tour y al poco Gianni Bugno se adjudicaba el mundial. Peter Sagan tiene tan sólo 22 años tiernos y humeantes pero presenta una hoja de servicio prodigiosa: quinto en el CQ Ranking merced a una larga quincena de éxitos entre los que se cuentan tres etapas del Tour más parciales en Tirreno, Suiza y California.

Sin embargo, y al margen de victorias, la cuestión se haya también en una primavera sin paragón, al menos en el tamaño personal, pues firmó segundo en la Gante-Wevelgem, tercero en Amstel Gold Race, cuarto en Milán San Remo y quinto en Tour de Flandes, abriendo el imaginario y las conjeturas al infinito. Se tuvieron que cruzar en su camino Tom Boonen y Simon Gerrans para evitar que el chaval hiciera de su precocidad bandera en el reino de las clásicas. Ahora en Liquigas que ya no se llamará así pero que presentará similares mimbres, su escalafón sube: sin Nibali y con Basso & Moser, es líder casi único del mejor equipo italiano. Eso no es pecata minuta.

 

Foto tomada de www.cyclingnews.com

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