Serie mitos: “Il Belgio” de Michele Bartoli

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“Jalabert is losing his wheel” bramaban en Eurosport UK. “Bartoli, a fondo” espetaban  en la RAI. De los muchos momentos ciclísticos que entraron por mi retina, pocos se grabaron a fuego como aquella Lieja-Bastogne-Lieja de 1997. Aquello fue el coco contra todos, Michele Bartoli frente al mundo.

Nacido en Pista, Bartoli se dio a conocer joven, pero su primer éxito llegó en el Giro de 1994 cuando logró en la primera de las etapas dolomíticas una victoria que sirvió para “telonear” el terrible fin de semana que se marcaría Marco Pantani con aquella jornada de imborrable recuerdo entre Merano y Aprica.

A los italianos siempre se les ha dado muy bien ese país que ellos llaman “il Belgio”. Grandes se hicieron Fiorenzo Magni en Flandes y Moreno Argentin en la Lieja-Bastogne-Lieja. Bartoli tiene ambas en su palmarés. En 1996, cuando medio mundo miraba los Mapei, que a la semana habían temblar Roubaix, una centella saltó camino de la capilla. Bartoli aprovechaba el Muur como rampa de lanzamiento hacia su bautismo en “Fiandre”. Una victoria mayúscula que llegó en solitario fruto de una cabalgada tan larga como el trecho que separaba la capilla de Meerbeke.

Al año sin embargo, y como apuntó en el inicio de la entrada, arribó el mejor momento de Michelino. El pisano corrió en medio de la nada frente al dúo que todos temían tener enfrente. Atacó Alex Zulle, o Laurent Jalabert, o ambos al unísono, no recuerdo, en la Redoute, ese gran muro que criba la Lieja con una gran autopista al fondo. Se soldó a su rueda Michele. El camino de entonces a Lieja fue una tortura a toda velocidad. Uno y otro, otro y uno, Zulle y Jalabert, la pareja amarilla que todo lo dominó minaba a Bartoli hasta que… éste dijo basta: a un kilómetro de meta, en plena pendiente hacia Ans descolgó a Jalabert. Enorme, había fraguado un triunfo de los de entre en un millón. Una de las mejores clásicas jamás vista.

Al año nuevo aldabonazo en Lieja. Esta vez en dominador absoluto. Primero en la Redoute, dorsal uno en la espalda, machacando la moral del personal para posteriormente irse solo. “Qué viene el coco” decían. Bartoli fue un martillo aquel día, pero tan magno y sobrado éxito careció de la prestancia del año anterior.

“Il Belgio” de Bartoli se zanjó en una jornada gélida, terrible, apocalíptica, como nos gusta llamar a lo que se sale fuera norma. En la Flecha Valona de 1999, si atisbar Huy, ni sus porcentajes disuasorios, arrancó y firmó un éxito de leyenda, grande y dimensionada a su grandeza: Michele Bartoli, aquel que gustaba de atacar agarrado de la parte baja del manillar, aquel que no gustaba de mirar atrás.