Si tu cuñado fuera ciclista

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Cicismo de cuñados

Y quien dice cuñado, se puede decir amigo, compañero, primo o sobrino, que para el caso es lo mismo, pero hemos de reconocerlo, y un cuñado, pariente, es un cuñado, con todo lo que ello conlleva de ¿bueno? y malo.

Pero escucha, si te llevas de maravilla con él, formáis un tándem casi perfecto, os entendéis magníficamente en esos precisos relevos, estáis hechos el uno para el otro en vuestras salidas en bici, si además es que no tienes queja alguna de él, ni él de ti, pues esta reivindicación no es la tuya y, si lo deseas, puedes dejar la lectura aquí y cerrar la revista.

Pero aunque no sea tu caso y sigues leyendo estas líneas, quedando a la expectativa de lo que pueda explicar, adelante, continua y comprenderás algunas situaciones que se han dado, dan y seguro darán siempre, que hacen que algunos se replanteen el volver a salir con su cuñado en bici, por variados y diferentes motivos que aquí se expondrán, que tienen que soportar en silencio, -la mayoría de veces, aunque otras son en presencia del grupo, tus compañeros y amigos, para vergüenza ajena- el carácter de sus cuñados.

Ojo, te puede pasar a ti y ser uno de estos sufridos familiares, pero también puede ser al revés, y que seas tú el objeto indeseable de las críticas, y no lo sepas.

Para hacernos una idea, de inicio, podemos hablar de esos cuñados que, además de pesados, son gruñones, refunfuñones, picajosos, intransigentes, poco tolerantes, broncas, pijos y fantasmas. Pensaréis que… ¡buf! ¡Qué a gusto me he quedado!

A ver, parafraseando una famosa frase futbolística del reconocido entrenador galés J.B. Toshack, los lunes siempre piensas en no volver a salir con él, los martes recapacitas que quizás salgáis a entrenar juntos el jueves, los viernes ya estáis quedando por teléfono, y el sábado ya masticas que tienes que volver a salir con el mismo cabrón de siempre el domingo.

¡Eh! Y esa palabra -cabrón- de buen rollo, faltaría, igual que cuando él te la espeta (“¡eres un cabrón!”) si la salidita que le has propuesto no ha sido de su gusto, quizás demasiado dura -como a ti te gusta- cuando has tenido que aguantar su mal genio durante toda la “excursión”, con sus reiteradas quejas porque el puerto que le has “obligado” a subir ha sido muy exigente y lo ha pasado fatal por “culpa” tuya. Siempre culpa tuya, claro, de todo.

Es que yo salgo a disfrutar con la bici y a pasear“. ¡Y un huevo! Eso no se lo cree ni él. Esto te lo dice cuando ese día “no ha podido contigo”, pero no por nada, no porque tú hayas hecho nada para que lo pase mal, simplemente estás en mejor forma, sobre todo escalando, y él no quiere, o no sabe, asumirlo. Y así día sí y día también. Qué tortura.

“Yo no salgo a machacarme con la bici para sufrir como un perro”. Si es que tu cuñado es una caja de sorpresas. Menos mal que sigues sin creértelo y no te fías de él, sobre todo si ves que, a pesar de todo lo que diga, sale con sus piernas recién afeitadas y bien brillantes, luciendo gemelos, “oliendo” a algún ungüento que se habrá puesto para salir con los músculos bien calientes.

Si es que no escarmientas, tú, con lo amable y gentil que eres, que le dejas esprintar en todos los puertos de montaña y altos “puntuables” para que esté contento, sin disputarle cota ni tachuela alguna, porque además ya lo sabes que, si llegáis juntos porque habéis ascendido “como amigos”, cuando tú lo podías haber descolgado cuando hubieras querido, él te va a demarrar algunos metros antes de la “cima” y te va a dejar atrás con cara de idiota.

No aprendes, porque esto no es la primera vez que te lo hace. Te lo ha hecho muchas veces. Y lo sabes. Sabes que repetirá, que lo volverá a hacer, porque una cosa sí que tienes que reconocer: tú eres mucho más escalador, pero él, por su peso y corpulencia, tiene más potencia y en falsos llanos es cuando la desarrolla y muestra en todo su esplendor, llevándote con el gancho, pero tú aguantas, por supuesto, mientras te va mirando por el rabillo del ojo, porque lo has visto y te estás dando cuenta, a ver si es capaz de soltarte al menos en su terreno. Ni hablar. Alguna vez lo has dejado marchar y arriba, esperándote, te ha dicho: “¡un minuto, te he metido un minuto!”.

¡Ah! Luego no le digas nada, claro. Te soltará que hombre a veces va bien fajarse un poco y hacer alguna serie. Él, el que sale “a pasear” en bici. Ya le vale.

“Eres un cabrón”. Otra vez tienes que oírlo. Qué paciencia tienes, de verdad. Y esto te lo suelta recién acabada una gran marcha, larga, severa, exigente, con muchos puertos de montaña, cuando tú ese día has decidido poner tierra de por medio para liberarte un poco de su tiranía, pensando que al fin y al cabo no le dejas solo y va acompañado de un par de miles de ciclistas como él o como tú. Y te lo dice cuando lo llevas esperando tres cuartos de hora en la llegada, para su berrinche y posterior cabreo, sabiendo la dura reprimenda que te vas a llevar, sobre todo de camino a casa en el coche, donde intentará darte lecciones de valores, compañerismo… y familia, diciéndote cosas como que a él le hubiera gustado “salir” en la foto junto a ti, que habría preferido que hubierais ido juntos “para contemplar y disfrutar del paisaje” y que si a él le hubiera pasado algo, tú… ¿dónde habrías estado, sin saber de él?

Si es que cuando sales con él en bici no sabes qué ritmo llevar. Si tiras porque tiras, si vas despacio porque parecéis “abuelas”, si lo invitas a subir algunos puertos porque te tildará de zumbado, o si ese día tú prefieres una salida más corta, por lo que sea, porque te apetece, te dirá que él no sale en bici para hacer menos de un par de horas.

Otra cosa que no le soportas: que te moquee. Sí, ya sabes, cuando te pones detrás de él, a su rueda, y empieza con su repertorio de “limpieza” de fosas nasales y garganta, dejándote como un guarro con sus salpicaduras de mocos, eso si no escupe y el salivazo, ayudado por el viento, va a parar directamente a tu cara. ¡Qué asco!

Para ir finalizando porque la lista es amplia y cada uno puede explicar sus mejores o peores experiencias con su pariente, otro tema que llevas fatal y que no te gusta para nada un pelo, aunque te lo diga medio en broma, es que te diga que tú te dopas. Sí, que te drogas, porque un día lo invitaste a cenar a casa y al entrar en tu cocina observó una caja de una reconocida marca de complejos vitamínicos (“¡tío, tú te drogas! ¡Por eso tiras tanto!”). ¿Y tú que le vas a contestar, verdad? Si te pones a darle explicaciones va a ser peor, porque le encanta discutir, siempre quiere tener razón en todo.

Dándole vueltas, estás pensando en lo positivo que ha de ser salir con tu cuñado, que algo bueno debe haber, porque hasta ahora todo han sido notas negativas, y has encontrado algo, sí: con él eres consciente de que nunca te vas a quedar en casa, que siempre vas a salir en bici y no te vas a quedar haciendo el remolón en la cama, porque quedar con tu pariente te va a arrastrar y motivar lo suficiente primero para ponerte el culote y después para seguir entrenándote.

Y lo sabes.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de www.zonademeta.com

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