Simon Gerrans siempre fue un capo

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En 1989 se corrió un Tour de Francia que sentó cátedra. Lo firmó un ciclista, Greg Lemond, que salía de un túnel que empezó el día que su cuñado le pegó un tiro cazando. Un tiro casi mortal, que le cambió la vida y su forma de concebir el ciclismo. Del excelente competidor americano que emergió a mediados de los ochenta, se pasó a un corredor táctico, frío, escondido, pero resolutivo, un tremendo killer que en el año de autos ganó la gran carrera francesa solo, sin equipo, frente a Fignon y Delegado y luego dio cuenta, también solo, en el Mundial de Chambery por delante de Kelly.

El ciclismo se compone de ciclistas que exponen valientes, los alabamos y les queremos, destacamos sus virtudes, y no dudados en darles coba incluso cuando las fuerzas les flaquean. Estos ciclistas muchas veces no salen en los anales. Luego están corredores semi presentes. Están pero no están, corren cara al viento cuando toca, pero se descuelgan de la cabeza cuando les corresponde dar la cara en exceso. Y finalmente están los killers, ciclistas que no son espectaculares, que necesitan de carreras raras, algo incontroladas y fuera del control y el dictado. Son ciclistas que no perdonan.

Como Lemond, Simon Gerrans es un killer, un nueve nato, un Makay o un Higuain, un ciclista que no se le tiene de primera fila pero que mata, y cómo mata, como nadie. Se le añade a todo ello que Gerrans siempre tiene, en río revuelto quien le haga la faena –saludos a Fabian Cancellara-. Hoy en el fragor de Ans, lo único reseñable de 260 kilómetros, invocó a los santos y vio como uno a uno Philippe Gilbert, Alejandro Valverde y compañía se inmolaban por coger a ese dúo italiano que fruto del descontrol casi la lía en la Doyenne del centenario.

Porque, no nos engañemos, ver ganar a Gianpaolo Caruso o Domenico Pozzovivo, por muy bien que lo hicieran, hubiera sido una especie de homenaje menor a esta fantástica carrera que ha vivido, con sus 100 ediciones, un triste homenaje carente de emoción más allá del tramo final. Ciclismo de Youtube.

Y es que para que no haya corredores como Gerrans, deben existir esas cabras locas que vilipendien el control del pelotón desde más lejos. El paso de La Redoute, el posterior de la Roche aux Faucons fueron un “quiero y no puedo” de ciclistas que no tienen la seguridad de hacer algo grande como en su día no hicieron Jalabert, Berzin, Vandenbroucke, Bartoli y compañía. Sí, ya sé quién he citado, y en qué años corrieron estos, pero es lo que había y ese ciclismo se rompía de lejos y a San Nicolás llegaban cuatro máximo.

Por lo demás la carrera volvió a ratificar un buen tono del BMC que por fin cuaja una primavera digna a su presupuesto, con Samuel Sánchez logrado su mejor actuación en Lieja siendo gregario y lejos de sus mejores pedaladas. Estuvieron bien los Garmin, con esa gilipollez de #PandaPower generando tweets y Daniel Martin, posiblemente el favorito que mejor lo hizo, tras Gerrans, si bien esa curva que el año pasado pasó solo con Purito roto, le llevó a rodar por los suelos.

Y nos queda Alejandro Valverde que cuaja otro podio y que sinceramente con ciclistas que manejan los tiempos como Gerrans no puede. Alejandro ganó dos Liejas, cierto, pero con ciclistas que en lo táctico se significaron nefastos como Cunego, Rebellin y Frank Schleck. Sólo Bettini, entre sus derrotados ilustres y porque en 2006 sprintaba cien veces más. En la Flecha Valona, Mollema y Kiatkowski le hicieron el canelo, pero el australiano cuyo cuello se confunde con el ancho de su cabeza fue demasiado.  Grandes los Izaguirre que de haber compactado un poco más la carrera al final podrían haber dejado a Valverde más íntegro en sprint con Gerrans. Sea como fuere ser segundo en Lieja es un buen resultado y significativo sobre la punta de velocidad que con los años ha desasistido al murciano.

Ahora toca cambio de chip, Lieja cierra la primavera. En breve empieza Romandía, luego el Giro –de cuyo cartel se caen favoritos a espuertas-, la rueda gira y no para.

Foto tomada de velonews.competitor.com

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