Su majestad el Agnello

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En junio de 1994 el Giro de Italia caminaba magullado por las emociones de los Dolomitas. Berzin, en rosa, había pasado las pruebas más duras, correr casi en solitario frente a Miguel Indurain, el doble y triple ganador de Giro y Tour, y Marco Pantani, el paradójico escalador romagnolo, que no subía volaba y casi tan liso como la alopecia que engañaba sobre su edad. El asalto a los Alpes se hizo por Cuneo, otra de las grandes villas piamontesas, y acababa en Les Deux Alpes, cima que perpetuaría Pantani cuatro años después.

Por medio desde Chianale se ascendía un coloso cuyas dimensiones hablaban claro: 2744 metros y una subida casi ininterrumpida de 51 kilómetros. Envuelto en la locura, Pantani saltó de lejos, en el susodicho Colle dell´Agnelo, como corresponde llamarlo, por estar en la vertiente italiana la clásica, la de siempre. Pantani aquel día pereció,pero abrió un corto romance con el sitio, seis años después granjearía en la subida las bases para la posterior victoria de su delfín Stefano Garzelli minando la resistencia de Francesco Casagrande.

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El el 94 Pantani volvió al grupo, neutralizado, pero había puesto la pica en la cima sombreada por el mítico Monviso, cuya silueta dicen inspiró el logo de la Paramount, algo que incluso preguntándole a los responsables de la cinematográfica ni siquiera admiten. El pelotón del Giro, a comando de una maglia rosa tan sólida como la de Stven Kruijswijk, caminará por las faldas de célebre pico de cuya entraña surgen las aguas del Po, el río que atraviesa la parte continental de la bota itálica para morir en el Adriático.

En la misma dirección que el río turinés, cuenta la leyenda que atravesó Aníbal al “galope” de sus elefantes camino de Roma en la Segunda Guerra Púnica. Son los cuentos, las fábulas de su majestad Agnello, un poco más bajo que el Stelvio y el Iseran, pero rey con trono en la corte de grandes cimas del ciclismo.

Por donde suben, por sus curvas de ingeniería de caminos, el que fuera ciclista, hoy caricatura de sí mismo por los chiringuitos televisivos, Oscar Pereiro se cayó y cortó la respiración en aquella famosa etapa del Tour que Simon Gerrans destapó la ingeniudad de Egoi Marínez. Por donde hoy suben el Giro pasó a Francia, como hoy, camino de Briançon, con Yoann Le Boulanger al frente en 2007, el Giro del terrible Di Luca.

Es su majestad Agnello, la menos conocida, pero la más dura, una de esas cimas que el ciclista lleva grabada en las piernas de por vida, en las piernas y en los ojos, porque sus paredes nevadas empequeñecen el alma. El Bkool lo tienen para que lo experimentes en tu mismo salón.

Imagen tomada de killingmontezoncolan.blogspot.com

INFO

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Hay un Giro latente, más próximo, entre nosotros, para algunos imperceptible, pero para otros, un reto mayúsculo. Se corre en salones, desvanes, habitaciones, jardines y garajes. Entornos domésticos. Y no de Italia, también de aquí, en España, y por medio mundo.

Para este Giro, Bkool ha lanzado la primera edición virtual de la gran ronda italiana, una forma nueva de entender el ciclismo, sin horas, ni horarios, ni lluvias que estropeen las salidas, ni inclemencias que perjudiquen.

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