Sven Nys y el compromiso por lo que amas

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Qué bonito es el otoño. Sobre un ondulado prado se suceden los surcos de barro y hojas muertas tamizan caprichosamente una irregular alfombra. El día de Todos los Santos en Flandes es el del Koppenbergcross. Tramos pesados, material seco pero volátil. Algún que otro charco. Bajo los tubulares se esconden sorpresas. Rara vez son agradables. Un giro a la izquierda abre el muro de Flandes. Luego la lluvia lo complicó todo…

Cada giro son casi ocho minutos. Pasada la meta se surcan pesadas estepas de barro. Un grosor de varios centímetros te obligan a apearte de la máquina si no quieres acabar sellado en el lodo. Subes una vez, otra, y una más el Koppenberg que clava a los pros cada abril en la Ronde. A mitad de adoquinado, viras a la derecha y te insertas en la campiña. Qué bello es el ciclocross. Qué bien sabe en ese ombligo llamado Oudenaarde.

En medio de ese arsenal de huesos y carne embarrada, sudada, circulaba un hombre en tricolor. El campeón belga vigente, el más legendario de cuantos pululan por el circuito invernal. Sven Nys es el hombre del Koppenberg. Su elegancia se moldea en curva y contracurva. Ya no gana el 90% de lo compite, pero es grande. Su vida ascética, entendida como consagrada a lo que le ha dado dinero y fama, le elevan al estatus de mejor especialista de la historia.

A pesar de turnarse en el BTT y algo de carretera durante el resto del año, a pesar de sus concursos en Juegos Olímpicos, Nys es grande no sólo por su palmarés sino por la enorme fidelidad que le confiere a la modalidad invernal. Sabedor de su importancia retrasó su fecha de retirada a la campaña que muere en 2014. Para entonces habrá podido ser embajador del ciclocross en el primer mundial de ultramar de Louisville. Posiblemente no sea el mejor posicionado para ganarlo, sabiendo de su peculiar relación del mundial, pero no habrá mejor Cicerone. No os quepa duda.

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