Todo en uno: récord y lesión

0
5
vistas

Sabor agridulce, aunque más dulce que agrio acompañó el epílogo de mi primera carrera de 2014. En el barrio barcelonés de Sant Antoni, sí en Barcelona, aunque me guste más bien poco correr en Barcelona, he abierto el año de competiciones. Un diez mil rápido y liso, por amplias calles, muy rectas con algún que otro giro, aunque en definitiva un escenario perfecto para pensar en algo grande.

Para ser sincero, aunque las sensaciones no eran malas a priori, muchas dudas asaltaban a esta inquieta mente ante el primer test del año. No es ningún secreto que a un servidor las celebraciones le pierden, y las Navidades son ese periodo en el que si no corres una vuelta al diámetro de la tierra, coges kilos con pasmosa facilidad. Y eso ocurrió, que corrí mucho, salí mucho, entrené mucho. Y eso tiene un peaje, tu velocidad se apaga, aunque como pude comprobar no te abandona del todo, y de paso tu cuerpo se sobrecarga, como también pude corroborar.

Con este contexto me presenté una mañana de enero en el centro de Barcelona dispuesto a probar cómo habían sentado los turrones. Nunca había competido en Sant Antoni, pero conozco bien la zona, y sabía que era imposible no rodar rápido por mucho que el Paralelo a algunos les parezca el Mortirolo o las curvas del recorrido puedan frenarte.

De inicio chaparrón. Mientras vamos hacia la carrera las nubes van y vienen, descargan a ratos y otros paran. Mientras calentamos cae el primer aguacero, no es demoledor pero complica el calentamiento y nos empapa la ropa, que no los ánimos. Casi sin tiempo para romper a sudar, nos situamos en la salida y pies en polvorosa.

La lluvia que no nos abandona hasta el cuarto kilómetro marca el paso. Primeros kilómetros sencillamente nefastos. Ruedo a tres cuarenta pero con la sensación de que el ritmo me queda grande. Sin embargo la experiencia me habla de segundas partes mejores y en mi caso siempre ocurre. Cuando el cuerpo calienta y rompe a sudar a discreción la cosa cambia. La nube se va y con ella las malas sensaciones. Atravieso el arco del kilómetro cinco con 18´25´´, no estoy en tiempo de récord pero tampoco estoy lejos.

La segunda parte me sale redonda, lo admito, nunca me he sentido con fortaleza tal, ni reprís similar. Caen los kilómetros a 3´33´´ más o menos. El Paralelo parece un descenso y en la Gran Vía aparece raíles a mis pies. En estos cinco mil metros logro remontar cincuenta posiciones y eso que esas alturas las fuerzas y el ritmo están muy compensados entre todos.

Paso el nueve y veo que puedo estar muy cerca del 36, tanto que creo que lo tengo. Quedan dos curvas a la derecha, supero la primera y zas, el isquio que llevaba días avisándome estalla. No es un pinchazo agudo y paralizador pero sí suficiente para cojear levemente. Arribo a meta como el náufrago que nada para alcanzar la orilla. He perdido diez, quince segundos a lo sumo, y sin embargo logro mi mejor registro, 36´20´´. Estoy contento, mucho, pero el dolor de la pierna me avisa que quizá correr a tal nivel tras tantos días sin series continuadas no había sido lo más prudente.

Ahora toca descansar, sí. Sin perder el ánimo y con la seguridad que te da rodar como lo hice en Sant Antoni sé que puedo tener dos objetivos muy grandes para un “percebeiro” como yo: Hacer un 10.000 en treinta y cinco y una media en hora veinte. En unos días, cuando el isquio dé el OK, volveremos.

En este vídeo se aprecia mi llegada en el 1´18´´ de la grabación. Soy el tipo de morado y gorra amarilla.

Publicidad

Deja un comentario