Tom Boonen busca su sitio

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La vida en ocasiones no respeta los ciclos que aunque no escritos en lugar alguno parecen impuestos. Hay veces que las cosas llegan cuando menos las esperas, y otras que por todo el empeño del mundo no salen adelante como uno deseara. Pongamos que hablamos de Tom Boonen. Estrella rutilante, emblema de Flandes, embajador belga, que en sus primeros años logró lo que con el tiempo, más experiencia, mejor cuajado y casi formado no logra rematar.

Tiempos felices
Y es que Tom es el vivo ejemplo de cuán dañino es el deporte, la fama y el estrellato cuando las progresiones no siguen esos ciclos que definimos ineludibles. Nacido en 1980 fue precoz y talentoso en su debut. Con 21 años se colgó un dorsal y su figura ya emergía. Desde VDB no se veía insolente jovenzuelo tal disputado además por grandes estructuras como ya había pasado con el genio valón. En su segunda temporada pro ya pisó el podio para el que estaba predestinado, el del velódromo de Roubaix, que asaltaría tres años después, el de la explosión de Flecha, haciendo valer esa punta de velocidad que a pesar de no valerle el apelativo de velocista puro tantas alegrías le ha dado.
Boonen amasó un enorme palmarés, de tal grado y en tan poco tiempo que realmente abrumó a la concurrencia. Tres Roubaix, dos Flandes, campeón del mundo, etapas en Tour y Vuelta y otras doradas que jalonaban un bagaje de auténtica excepción. Por una de sus preseas algunos justificaban una carrera, él sin embargo lo tenía todo antes de los treinta.
Pero no todo es sencillo en la vida de una persona cuyo carisma que excede los límites físicos  del ciclismo. Sus positivos por cocaína han marcado su peso social, que no su valor ciclístico. Y es que siendo como el perla, joven, guapete, alto y forrado, es complicado no dejarse llevar por la línea laxa de la vida, aunque en ello lo que tengas a perder sea mucho.
En la competición varios detonantes han marcado una línea grisácea en los últimos tiempos. El primero, y creo que poco ponderado, tiene que ver con el “cabra loca” de Mark Cavendish y la que lió en un sprint de la Vuelta a Suiza de 2010. De aquel costalazo que se dio, al igual que otros como Haussler, por temeridad del británico, surgió un Boonen que físicamente no recupera el tono de antaño. No tengo constancia, al menos no soy consciente de haberle oído nunca una palabra más alta que otra respecto a Cav,  y sin embargo encierra motivos como el que más para hacerlo.
Luego está el tema estrictamente deportivo. Ampliamente superado por Fabian Cancellara en las últimas grandes clásicas, quizá le escuezan los favores prestados a su excompañero Devolder en Flandes durante dos años cuando realmente su pedaleo se mostraba poderoso. En esas ediciones Dedvolder ganó una gloria que parecía al alcance sólo de Boonen. Luego en los sprints que un día ganó le ha tocado convivir con una generación realmente prodigiosa, entre la cual sólo Pettachi sobrevive de la vieja guardia.
Con todo Boonen busca su sitio, sobretodo en el pelotón, pues Google Street ya nos los situó en la vida real. Sin la velocidad de un sprinter puro, sin el punch de Cancellara & cia en el gra fondo, papeleta compleja para “Tornado Tom”. Un país entero está pendiente de él.
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