#TOP 2015 – El año perfecto de Peter Sagan

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Por mucho que nos centremos en los rankings, que escudriñemos estadísticas, que nos volvamos locos comparando ciclistas, carreras, épocas, equipos,… y lo que se nos venga a la mente, hay intangibles que escapan a lo empírico que arrojan conclusiones muy alejadas de lo que llamamos lógica y razón.

Cojamos a Peter Sagan, ese ciclista que ahora mismo es como el “Rey Sol” con corona y arco iris. Su temporada en números sobre la mesa ha sido un diente de sierra, una especie de raro vagar que incluso quedó enturbiado por las quemazones de su caída en la Vuelta a España, caída provocada por una de las increíbles imprudencias que algunos motoristas protagonizan en carreras llamadas profesionales.

Le pago una pasta y no da resultados” dijo Oleg Tinkov cuando en mayo su casillero estaba casi a cero. Por motivos varios, Sagan se había pasado sin catar triunfo desde junio de 2014 a marzo del año corriente. Cuando ganó en Tirreno chilló en medio de la tormenta, pero eran gritos sordos, sus grandes objetivos de inicio de año, Flandes, Roubaix y cía no los había cumplido como él quisiera, incluso se despertaron voces contra su calidad profesional. Llegados a cierto punto, reventaba, sencilla y literalmente.

Con Tinkov echándole el aliento, Sagan recondujo un año muy torcido. Ganó en California e hizo un Tour, qué Tour. Circuló escapado casi todos los días, no sé cuántos segundos realizó, regaló descensos para la historia, como ese de Gap,… hizo, en definitiva buena aquella teoría de que Poulidor fue incluso más querido que Anquetil. Sin victorias, el casillero seco, hasta Tinkov se inclinó ante él.
El cariño, el respeto se gana en la carretera, y Sagan, pueril en ocasiones, ofensivo en alguna celebración, desmadrado en algún podio, se lo ganó en ese Tour, con los golpes en el pecho como los lobos de Wall Street el día que Rubén Plaza se añadió, en Gap, a la lista de sus verdugos.

Pero hubo más, Sagan no ganó más que una etapa en la Vuelta, y salió de ella quemado, abrasado, como dijimos, por una moto cuando rodaba metido en carrera en aquella dantesca etapa marciana que sembró de lesiones el pelotón. Golpeó un coche, bramó rabia, se fue cabreado y desapareció. No supimos de él hasta dos semanas después, en una cuesta numerada de Richmond, en la ultima vuelta del mundial, cuando, amortizados los fuegos de artificio, lanzó un solo ataque que fue el bueno.

Campeón del mundo, nada menos. “Ya era hora que ganara algo así” dijo Stefano Zanatta, su guía en los años del Liquigas, ese maillot con el que Sagan era habitual de los ramos y los besos por los podios. Y ahí apareció otra vez la madurez que parece tomar las riendas de sus actos, la madurez de saberse con poder de convocatoria y decir ahí, en el corazón del imperio americano, que en las fronteras de su país, hay multitud de refugiados abandonados a su suerte. Grande, de verdad.

Sagan es la personalidad ciclista del año, y no por sus números, lejos de la capacidad anotadora de antaño, y sí por lo que implica su persona, por la calidad de un título de campeón del mundo y de las muchas aventuras que ha llevado acabo. Ahora, dice, quiere un monumento, si lo hace en 2016 lo hará con el arco iris en ristre.

Imagen tomada de www.latimes.com

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