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El Tour de Francia sigue siendo la madre del cordero

El recorrido del Tour de Francia - JoanSeguidor

Tour de Francia

El Tour de Francia sigue siendo la madre del cordero

El Tour de Francia sigue siendo la madre del cordero

Aunque a muchos disguste el Tour de Francia sigue siendo la gran carrera

Hoy en día, no hay ninguna razón para pensar que el Tour es la mejor carrera del mundo.

Absolutamente ninguna.

Puede que muchos aún la consideren la prueba por etapas más bella del planeta, pero cuando el Giro recorre los Dolomitas o afronta puertos épicos como el Stelvio o el Passo di Gavia, ofrece un espectáculo antológico que no tiene nada que envidiar a las montañas de la Grande Boucle.

Muy al contrario.

Por su parte, la Vuelta, con etapas como Lagos de Covadonga, también se sitúa a un gran nivel de belleza y espectacularidad que se exige a las grandes pruebas.

Y, sin embargo, el Tour lo sigue dando y quitando todo

¿Por qué?

La presentación de la ronda gala en el mes de octubre siempre es esperada con expectación, para recibir cada año las mismas críticas, ya sea por un motivo u otro: que si falta dureza, que si es sólo para escaladores, que si han recortado kilómetros a muchas etapas, que si faltan puertos en Pirineos, que la primera semana es muy aburrida, que si faltan alicientes, que si hay pocas novedades este año…

Y podríamos seguir.

Es así.

El recorrido del Tour siempre está en el ojo del huracán y mirado con lupa por todos los aficionados que ven como, edición tras edición, va perdiendo interés por ser siempre más de lo mismo, al menos en lo que respecta a estos cinco o seis últimos años: una carrera bloqueada por un súper equipo formado a golpe de talonario.

El Tour está cómodo en el desequilibrio

Ante semejante dominio, el Tour está perdiendo su épica y parte de su leyenda, porque ya no se ven ciclistas que ataquen en cualquier terreno o aprovechen alguna circunstancia para poner patas arribas la carrera.

Eso ahora no sucede.

El espectáculo y la espontaneidad se pierden.

Y eso mata el ciclismo.

Mata el Tour de Francia

Pero a pesar de las duras críticas, de que muchos aficionados empiezan a decantarse, por puro aburrimiento, por otras grandes vueltas como el Giro o la Vuelta, el Tour sigue siendo el Tour, la carrera más deseada y por la que todos, corredores y seguidores incluidos, suspiramos cada mes de julio.

Porque como se ha escrito aquí, en este mal anillado cuaderno, el Giro le está comiendo la tostada al Tour por muchos motivos: por belleza, por épica, por dureza y, por qué no, también por prestigio.

¿Tiene más mérito ganar un Tour que un Giro?

Obviamente, para mí no.

Supongo que muchos de vosotros pensaréis igual y opinaréis que el Giro no tiene nada que envidiar al Tour, y lo coloquéis a su mismo nivel de admiración y de fama, o incluso un escalón por encima.

Porque el Giro nunca es criticado, todos lo queremos, y su recorrido siempre es aplaudido.

Y, sin embargo, el Tour…

Todos quieren ganarlo: el que no tiene ninguno porque sabe que un triunfo con París rendido a sus pies le hace entrar por la puerta grande de la historia del ciclismo; el que tiene ya uno porque quiere el segundo y formar parte de la leyenda; y así hasta el que tiene cuatro, como Froome, y quiere cinco y ser inmortal, entrando de manera definitiva en el Olimpo de los dioses del pedal.

Por eso para Chris este año el Cielo ya no puede esperar.

Y este es el límite: cinco.

Porque el que tiene cinco… ¿lo considera suficiente?

Cinco es el máximo.

Aspirar a ganar seis Tours es desafiar las leyes del equilibrio de esos gigantes de la carretera que a lomos de sus ingenios de hierro y fuego escribieron las páginas más míticas de la ronda francesa.

Nadie ha sido capaz de lograrlo y el que lo ha intentado ha provocado la ira y desatado la cólera de esas divinidades que lo han castigado con la derrota, y a alguno hasta con la humillación, por semejante afrenta.

Por eso el Tour sigue siendo el Tour, una carrera que paraliza un país, un evento deportivo que es una fiesta nacional, el tercer espectáculo más seguido en el mundo, sólo superado, dicen, por los Juegos Olímpicos y el Mundial de fútbol.

Y, sin embargo, el Tour, porque es un gran negocio mediático, un gran escaparate mundial para el ciclista que anhela con ansias levantar los brazos en señal de victoria en cualquiera de sus metas, que parecen escenarios de Hollywood y desde donde se darán a conocer para el gran público, saliendo, de esta manera, del anonimato.

Alguien en su día dijo que disputar la gran ronda gala por etapas era como correr, y competir, cada día, una gran clásica.

Eso es: 21 días de monumentos seguidos, atravesando lugares llenos de hazañas y de mitos.

Por eso el Tour lo sigue dando y quitando todo, porque su ganador es siempre el autor de una proeza y merece todos los grandes honores.

Como Eddy Merckx, que celebró una de sus victorias con champán en compañía del Rey Balduino.

Como Greg Lemond, que estrechó la mano del Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan.

La pieza de invierno de Endura

Como Stephen Roche, que fue nombrado ciudadano de honor de Irlanda.

Por eso el Tour es aún algo mágico.

Por eso aún cada año nos hace soñar.

¿O no?

 

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