Viaje al centro de la tierra de Flandes

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Hasta ahora, el ciclismo siempre había venido a mí. Me explico. Había asistido a tantos eventos y competiciones ciclistas como visitas hacían éstas a mi territorio más o menos cercano. La Vuelta, la Volta, el Tour, cicloturistas… su paso por Barcelona y alrededores. Sólo la aventura de la elaboración de la biografía de Óscar Freire me llevó circunstancialmente a Mallorca y su Challenge para presenciar una carrera, si bien el objetivo del viaje eran las entrevistas y lo de menos la prueba.

El pasado fin de semana, rompí la tradición. Tenía ganas, muchísimas ganas, de comprobar cómo se vive una carrera en Bélgica y el objeto de deseo era meridianamente claro: el Tour de Flandes. Ya que rompía el hielo de los viajes ciclistas, hagámoslo a lo grande, con un monumento con todas las de la ley.

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Y no defraudó. Lo vivido ha sido espectacular. Y eso que casi lo pasé tan bien en la preparación del viaje como en la estancia allí. El sábado, Brujas ya respira competición: vallas, coches de equipos, autocares y una Plaza del Mercado tomada por un enorme escenario -con concierto esa noche- te van poniendo en situación. Y en Oudernaarde, más aún, ya que con la cicloturista de ese día y su programa de festejos “De Ronde in Ourdenaarde” su actividad era incesante desde el viernes como centro neurálgico de las pruebas masculina y femenina.

A las 9 de la mañana del domingo ya estaba en la Plaza del Mercado de Brujas. Ya había centenares de personas allí. Ni que decir tiene que no había un perfil tipo de espectador allí. Había de todo: grandes, pequeños, grupos, frikis, familias, turistas, jubilados, quinceañeras… Llovía por momentos, suave, lo cual me hacía sufrir por los corredores viendo lo resbaladizo que se ponían los adoquines de la plaza y lo peligroso que debía ser eso mismo en competición. Eso sí, miles de personas, pero apenas tres paraguas abiertos.

La siguiente parada fue Oudernaarde. Con transporte público, era lo más recomendable para seguir la carrera. Allí había varias opciones: acomodarse en una terraza delante de una pantalla (había decenas de opciones), ir al bar del Museo del Tour de Flandes y seguirlo allí por televisión o coger alguno de los autobuses lanzadera hasta los village situados en puntos clave de la carrera: Oude Kwaremont, Paterberg, Kruisberg, Koppenberg y zona de meta. Como a todo no iba a llegar y no quería dejar de visitar el Centrum Ronde van Vlaanderen, el museo, opté por no moverme de Oudernaarde: cafetería del museo, visita, terracita en la plaza Markt y hacia el village de meta: pantallas gigantes, stands varios y una recta de meta a disposición (salvo los metros finales, que están reservados) para ver el final. El gentío era impresionante te movieras por donde te movieras. El ambiente festivo se reflejaba en las caras de todos los que estábamos allí. Los últimos 20km los viví  junto al cartel de 250m a meta, siguiendo la carrera por megafonía (en flamenco, así que había ponerle imaginación) y con una pantalla en el horizonte. Los cuatro escapados pasaron ante el público como a cámara lenta en nuestra zona, fue muy emocionante. Metros más allá, Cancellara lanzó el sprint. Los perdí de vista ante tanta cabeza junto a mí buscando un resquicio para ver el desenlace. No tuve tiempo de ni de girarme hacia la pantalla, en unos segundos, la gente gritaba ¡Cancellara, Cancellara, wooowwww!

Acabamos de ver pasar a los corredores que llegaron a meta y mientras se celebraba la ceremonia del podio (femenino y masculino) comenzaba el ‘tercer tiempo’ particular de De Ronde. Miles de personas, en corrillos, cerveza en mano, comentando la jugada. Un placer. Tengo que volver, una vez no es suficiente.

Por Juanma Muraday 

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