Un capricho llamado Tour de Qatar

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Al final nuevamente el holandés Niki Terpstra, un veterano en las lides del ciclismo, se adjudicó el Tour de Qatar, un país que se sitúa en un recóndito Emirato de Oriente Medio, ubicado en una península del golfo Pérsico, que en tiempos ya históricos, estuvo a merced de los persas. Es en una palabra un rincón un tanto perdido dentro de nuestro globo terráqueo, pero con un alucinante poder económico a pesar de que su naturaleza es inhóspita con un terreno más bien pedregoso y de incluso escasa vegetación. Sus principales fuentes de riqueza fueron y son el petróleo y el gas natural. Es un estado independiente y soberano desde el año 1970, colindante a Arabia Saudita por más señas. Con anterioridad, no hace pues mucho, había progresado bajo la protección y tutela del imperio británico.

El holandés Terpstra rompe moldes

En este lugar no del todo ignorado, un puñado de buenos ciclistas acostumbra a desplazarse y concurrir en esta competición un poco cara a la galería con el caro deseo de acumular unos kilómetros más con la intención de ir alcanzando paulatinamente la preparación necesaria para llegar con buen pie afrontando la temporada internacional, animada como siempre ante el bullicio de las carreras clásicas y demás que se apuntan en estos inicios. El holandés Terpstra le ha tomado bien la medida en esta prueba que consta de seis etapas más bien de configuración llana, sin montañas y sí montículos, con el inconveniente de tener que luchar, pedalear, día tras día frente al viento, un elemento atmosférico muy común en los confines más bien áridos que imperan en aquellos parajes. El Tour de Qatar, dicho sea de paso, posee tan sólo catorce ediciones de existencia. Es todavía una competición joven dado que se instauró en el año 2002, con el triunfo absoluto del corredor germano Thorsten Wilhelms, que fue una medianía dándole a los pedales. En plan estadístico digamos que el conocido Tom Boonen figura con cuatro triunfos absolutos en su historial.

El hecho fundamental es que Terpstra, el ganador, basó su victoria tras realizar una sugestiva prestación en la contrarreloj individual, celebrada al tercer día de carrera, superando con algunos segundos de ventaja sobre el suizo Cancellara y el británico Wiggins, protagonistas desenvueltos frente a las manecillas del cronómetro. Señalar a modo de eco que en la primera jornada se colocó líder momentáneamente el español José Joaquín Rojas, hecho que vale con todo consignar.

2De un sueño a una realidad 

Más de uno de mis lectores se preguntará qué razones hubo para poner en marcha esta carrera ciclista de seis jornadas con un recorrido entre planicies en este país un tanto alejado de nuestro entorno. Efectivamente, hubo un Emir de Qatar, que, invitado, tuvo la feliz oportunidad de disfrutar de unos días de asueto en la histórica ciudad de Aviñón, ubicada en el departamento de Vaucluse, en la región de la Provenza en el sur de Francia, en donde predominan tradicionalmente los inconfundibles cipreses.

Quiso un día recorrer aquellos agradables contornos de alto signo turístico y disfrutar encerrado en su lujoso y apabullante automóvil, un medio que llamaba poderosamente a la atención entre las gentes del lugar. Sucedía la cuestión en un caluroso mes de julio. No pudo cumplimentar el itinerario que tenía proyectado realizar en aquella jornada a raíz de encontrar en su ruta preestablecida un obstáculo inesperado: el paso de una inmensa caravana multicolor de ciclistas, acompañada por innumerables vehículos y demás elementos de variada índole, que circulaban junto a los atletas del pedal. El caudillo musulmán en cuestión, influyente en grado sumo en su emirato de origen, Qatar, no pudo proseguir su periplo. Admirado quedó contemplando tan loable y abigarrado espectáculo que pasó ante sus ojos con aire triunfante, diríamos en el sentido amplio de la palabra.

El citado príncipe se apeó del coche para contemplar fascinado el transitar rápido de unos esforzados ciclistas, todos en fila india, espoleados muy de cerca por una interminable hilera de vehículos, inconfundibles por su llamativa vistosidad y el inconfundible roncar de los motores.

Quedó tan prendado, maravillado, ante aquel espectáculo que no pudo por menos que preguntar a los espectadores arremolinados junto a él de qué se trataba todo aquel tumulto que rompía con la paz y el silencio del paisaje. No pocos fueron los que le aclararon que aquella caravana de mil colores era nada menos el célebre Tour de Francia, el máximo exponente del ciclismo mundial. Una vez de regreso a su país no pudo por menos que exponer a las autoridades influyentes de Qatar lo que había presenciado en tierras galas. Su deseo, un deseo exigente, era que hicieran todo lo posible para preparar y poner en marcha el Tour de Qatar, debidamente asesorados por técnicos en la materia procedentes de la misma Francia. De la parte económica, él lo sabía bien de sobras, no había por qué preocuparse en lo más mínimo.

El Emir quiso cumplir con su sueño dorado con evidente humildad si cabe. Fue una loa, además, cara a la promoción del ciclismo en aquellas  tierras sumergidas en un baño inmenso de petrodólares, una riqueza no medible en las arcas de aquel Emirato.

Todo lo descrito es una simple historia, una anécdota, digna para ser contada.

Por Gerardo  Fuster

Imagen tomada de Facebook de Tour de Qatar 

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