Un manual para ganar en San Remo

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Espero, deseo, hayan disfrutado de la Milán- San Remo que acaba de morir por las costas de Ligura. Espero que hayan saboreado el tempo de una carrera trepidante, corrida a cuchillo, a mil por hora con regusto a sangre. Espero y les deseo todo ello porque muy posiblemente este sensacional espectáculo, centenario y digno de un monumento pueda ser ultrajado a más no tardar con la previsión de incluir esas cotas y ascensiones sin las cuales un buen numero de estrellas dice que no va, que pasa, que prescinde de la clásica por la que bebían los vientos Coppi, Merckx y De Vlaeminck.

San Remo en 2014 fue, como en 2013, una carrera mojada y por ende condicionada de base. Quizá en ese acuoso caldo de cultivo llegará la decisión de Vincenzo Nibali de intentar lo que intentó, mover el árbol, agitar la carrera entre la Cipressa y El Poggio. Hubo un momento, sinceramente en el que le veíamos ganador, pero la inercia de muchos favoritos y en entendimiento in extremis de muchos equipos le privaron de un éxito para el que a priori no estaba preparado, pues en la París-Niza no se le vio en condiciones de hacer algo grande, al menos no en una carrera que ralla los 300 kilómetros.

Pero en el descargo de Nibali está la sola razón de estar ahí, luchando, batiéndose el cobre. Dijimos una vez que este payo siciliano es el hombre de los imposibles, pues bien, camino de San Remo demostró que ese apelativo se lo ha ganado con honor. No pudo, pero honró el deporte que le alimenta.

Porque Vincenzo Nibali quiso ser Gianni Bugno por ejemplo, pero con una diferencia, sin estar en su mejor momento. Es terrible saber que ahora, posiblemente por costas murcianas un ciclista fino y talentoso ha desperdiciado unas piernas envidiables en un entrenamiento dominical que sí, le irá muy bien para su Tour y esas cosas que le desvelan, pero que en el camino le impiden ser más grande de lo que es.

Sea como fuere, San Remo ha puesto cartas boca arriba y en Katusha tienen motivos sobradísimos para estar felices. Purito, a los rusos, no sólo les ha dado victorias, y no pocas, también les ha insuflado puterío y lectura de carrera como poca gente sabe hacer. Les bastó el descontrol del descenso del Poggio y posterior reagrupamiento para poner a Luca Paolini a aleccionar cómo mantener un grupo compacto a la espera de que tu baza, el noruego Alexadner Kristoff pasase de buen ciclista a corredor mayúsculo, digno integrante de la galería de los campeones que solo aquí, en San Remo, pueden coronarse. Qué orgulloso estaría Paolo Bettini.

Porque con sólo un ciclista al comando, Katusha ha destapado esa casa de putas que es el BMC, donde un día saldrán con más estrellas que corredores. Si nadie es capaz de decirle a Philippe Gilbert que una vez pasado el Poggio su carrera acaba, es que al volante, no sé ni a quién tenían, sólo llevan un chófer. Si Van Avermaet tuvo una opción su compañero estuvo ahí, presto, para arruinársela.

Merecen lectura muy positiva dos velocistas de pólvora mojada en una carrera tan larga como ésta. Saben los que me leer que Mark Cavendish no es santo de mi devoción, pero esta vez chapeau, exactamente igual que André Greipel. Por su parte Juanjo Lobato, magnífico, terrible y sagaz, demostrando que a Movistar quizá estas circunstancias de desorden y cansancio extremos les vaya mejor que planificar una llegada en Almería. Lamento y lo digo de veras,  a pesar del tono crítico que siempre he mantenido con él, la desgracia de José Joaquin Rojas, me habría gustado verle.

De los protagonistas mayúsculos, esos que siempre aguardamos, pues dos lecturas. La primera para Fabian Cancellara -Kristoff sucede a Ciolek y Gerrans- que otra vez se quedó a puertas de repetir, para una vez que fue más rápido que los velocistas. Fabian progresa adecuadamente y parece que en el adoquín será el hombre a vigilar. La otra para Peter Sagan, en unas circunstancias ideales, ni se le vio. Ojo porque ganar un monumento se puede convertir en un lastre para él. Al tiempo.

Foto tomada de www.vavel.com

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