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¿Un minuto de gloria?

Mundo Bicicleta

¿Un minuto de gloria?

Endura LDB Di17
Cambrils ZC, Gran fondo

Cada salida en bici, esto lo sabéis muy bien, es toda una aventura en la que te puedes encontrar con situaciones de lo más diversas y variopintas. Sin embargo, lo que me pasó en una de mis salidas, estando ya de vacaciones, no me había pasado nunca. Fue algo muy curioso y que pensé en seguida en explicároslo.

Era una mañana de agosto, como otra cualquiera, calurosa y ventosa -la zona donde suelo veranear, el Alt Empordà, es propensa a padecer este tipo de vientos, la famosa Tramuntana-. Una comarca donde lógicamente en verano se llena de turistas, la mayoría franceses y muchos, pero que muchos, holandeses y belgas, atraídos sin duda por la belleza de estas playas de la Costa Brava.

Cambrils ZC, Gran fondo

Pues iba yo con mi bici, padeciendo estos rigores climatológicos, a punto de iniciar el Coll de Perafita, una tachuela de unos 4 km situada entre Roses, Cadaqués y Port de la Selva, no muy dura, con alguna rampa de consideración pero que se puede hacer muy dura si la afrontamos con viento en contra, como era en este caso. En un momento dado me adelantó un coche con matrícula belga. El adelantamiento, impecable, separándose de mí al menos 2 metros. Ya me fijé que al llegar a mi altura, el conductor y los acompañantes, me miraron con curiosidad, sobre todo un niño rubito, con unos tremendos coloretes rojos en la cara, que me observaba y me sacaba la lengua. En aquel momento no me percaté del “aspecto” del conductor, el que parecía el “padre de familia”. Lo chocante fue volvérmelos a encontrar unos 500 metros más arriba, aparcado en una cuneta a la derecha.

El propietario del vehículo, ataviado con maillot y culotte, había bajado raudo del coche y estaba sacando su bici del maletero y se disponía, también rápidamente, a ponerse en marcha, dejando a su señora, una “robusta” mujer rubia entrada en carnes y años, al volante. Sin duda el “marido” parecía mucho más joven que ella. Y el niño, graciosillo, que seguía haciendo muecas en la parte posterior del automóvil.

Aceleré el ritmo sin pensármelo dos veces y tiré para adelante. En una de las curvas me giré y ya vi que venía con decisión a por mí. Aquí ya me fijé en su aspecto: un belga blanquito, muy fino, vestido con maillot arco iris y gorra Molteni colocada a lo Merckx. No hacía falta decir nada más. Tendría unos 50 años pero aparentaba bastantes menos. Se me pegó a rueda como una lapa, sobre todo cuando el viento daba fuerte en las rectas enfiladas hacia el norte. Cuando cambiábamos de ladera, y no soplaba tanto, lograba soltarlo un poco de rueda, nada, unos metros que en seguida recuperaba cuando la tramontana se volvía a hacer notar.

Así estuvimos pedaleando juntos los 3 km, más o menos, que quedaban de collada, sin darme un puñetero relevo. Ya me veía la jugada. Efectivamente, a unos 200 metros de coronar, ya divisé el coche aparcado arriba, con la mujer y el hijo esperándolo fuera. En ese momento demarró en seco, esprintando para pasar primero por el simbólico premio de la montaña, ante los aplausos de la señora y el regocijo del niño. El caso es que me pasó y ni siquiera me saludó. Allí paró y seguramente volvió a meterse en el coche porque ya no lo volví a ver ni el descenso. En fin… minuto de gloria.

Por Jordi Escrihuela (Revista Pedalier)

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