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Una cuarto de siglo del Giro de Miguel Indurain

Ciclismo antiguo

Una cuarto de siglo del Giro de Miguel Indurain

Dijo Claudio Chiapucci en un Bicisport que guardo: “Cuando atacamos a Indurain me viene a la mente la imagen de los aviones luchando contra King-Kong, subido al Empire State. Y Chioccioli, Giovanetti y yo somos los aviones”

Así fue ese Giro, el del 92, el olímpico de Barcelona. Qué recuerdos. Miguel iba a probar, lo decía de puertas hacia fuera, por dentro era consciente que el ganador del Tour estaba obligado a todo cada vez que se enganchara un dorsal a la espalda.

Giro del 92, salida desde Génova. Prólogo veloz que Thierry Marie, el gran especialista del momento, ventila por tres segundos sobre Miguel Indurain. No ocurre nada especial. En la tercera jornada, arribando al bellísimo Arezzo, esa plaza que quita el sentido, Chiapucci busca la sorpresa en un pequeño puerto de tercera, por donde el Giro del año pasado pasaría en la jornada del sterrato. Claudio hace la selección, Miguel con él, y tras ambos 28 unidades de las que sale victorioso el italobritánico Max Sciandri, quien acompaña en la primera prenda rosa al navarro en el podio.

Miguel Indurain es líder, pero lo será más al día siguiente cuando deja entrever que éste no es un ciclista cualquiera cuando sube a su cabra. Entre Arezzo y Sansepolcro gana una crono casi 40 kilómetros, corta para la época, en la que intimida: dos minutos a Hampsten, dos medio a Giovanetti y más de tres a Franco Chioccioli, “Copinno” el ciclista de torso alargado, asomando el morro más allá del umbral del manillar, que “vestía” el dorsal uno.

Imagen & post inspirados por @lavuelta_stats

El daño estaba hecho y empezaron las pamplinadas de la prensa. Lo llamaban la “Santa Alizana”, una conjura secreta, cuasi masónica entre los capos italianos, para derrocar al líder extranjero. Aquello fue agua de borrajas, efectos literarios, en la práctica, cada uno iba a la suya.

En la subida al Terminillo, el encantador Roberto Conti busca etapa y la maglia. Ni lo uno, ni lo otro. Indurain le da caza en el último kilómetro: “Siento actuar así Roberto, pero debo controlar”. Ganaría lucho Herrera. “Ni se merecen las disculpas, Miguel” responde el sacrificado escalador romagnolo. Aquel día un tipo sale herido en su orgullo, vuelve a ser Franco Chioccioli. En una semana ha perdido toda opción de mantener la corona y eso le duele, le duele a tal punto que al día siguiente pone la carrera patas arriba camino Imola, a donde llega con Roberto Pagnin, el guaperas del momento, con el tiempo muy maltratado por la vida, y Marco Lietti.

Chioccioli no ganará el Giro a la vista de la solidez de Indurain, pero sí que estaba nuevamente en la puja por el podio y de paso merodeaba las plazas nobles por si surgía algún imprevisto, pues en tres semanas, lo inesperado es lo esperado, más cuando todos aguardaban el mal tiempo en los Alpes y Dolomitas recibiendo a Miguel, alérgico decían, a la lluvia.

Y Chioccioli fue la punta de lanza en días de hielo como chuzos, en el Giau especialmente, intentando lo imposible por dejar a un navarro que salía a por él, a por Giovanetti y a por Chiapucci, sin importar el orden ni lo que quedara para meta. Fabrice Philipot y Armand De las Cuevas gestionaban el ritmo y llevaban en carro a su jefe que no mostraba debilidad aparente, y si la tuviere, la maquillaba, como el día del diluvio universal en el Monte Bondone donde se impone Giorgio Furlan.

Las cimas caían, Monviso, Pila,… tambén la llegada a Verbania, donde Chioccioli se redime. Nada, los rivales bajan los brazos y ven a Miguel encajando una y otra vez, saliendo a por ellos, a veces sentado, otras con leve contorneo, sólido e inabordable y lo que es peor, con una crono de 66 kilómetros que gana por saturación de los rivales en lo que fue el preludio más nítido de lo que haría un mes después en Luxemburgo, porque sin haber empezado el Tour, Claudio ya supo que no podría ganarlo.

Imagen tomada de Movistar Team

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