Una pesadilla llamada Lance Armstrong

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El camino de Lance Armstrong hacia la silla eléctrica muere en una bonita sala, cortina a contraluz, fondo neutro, discreta iluminación y amable personal atendiendo a los protagonistas. Sí señores, las cosas en los EUA, Estados Unidos de América, a veces se deciden en el ámbito de la farándula televisiva. Why Oprah? Why now?

Pero esta espera para que la entrevista salga a la luz es densa. No es un pasillo recto. Tiene ángulos, se corrige. Cuenta con perspectivas. Requiebros. No cabe duda que las cosas no son negras ni blancas. Aquí, la emisión de juicios solapa matices, los esconde. Armstrong es carne de espectáculo, de irrealidad televisiva. Hechos tan intangibles como esos siete maillots amarillos que adornan su sala de estar. A Lance le toca jugarse los cuartos en un entorno que aunque domine no deja de serle extraño. Siempre ha sido un “public relations”, pero hasta qué punto.

La colección de rumores, dimes y otros chismes es abultada. Si lo quieren hasta grotesca. El grupo de Oprah mide los tiempos que la teoría dice deberían manejar las autoridades. La presentadora de éxito tiene material sensible en su mano. De lo que enlate y edite su gente a Armstrong le espera uno u otro futuro pero es que también a otra mucha gente. Sí. Está claro. La estrella televisiva puede saltarse las líneas propias del informador y puede ser directamente actor de la noticia.

Dicen que la conversación se fue a las dos horas, veremos una y media. Con cortes, musiquitas, vacuos discursos de la presentadora, lo jugoso quedará en menos. Se le verá el hueso al confesado, pero no sabemos hasta qué punto. Si en ese corta y pega no han influido agentes externos tendrá crédito, pero si ahora mismo la grabación pulula por ciertos despachos, quizá veamos una versión light e inocua.

De lo que no estoy tan seguro es que el ciclismo sufra más daño con esta historia. No es ya creíble el suceso. Se le ha dado tanto por culo a este deporte que su resistencia al dolor es muy difusa. El peor de los escenarios habla de su exclusión de la carta olímpica. Probable lo es, como todo en la vida. Hoy es probable hasta lo más improbable, pero tal como está la madeja quizá interese dejar todo como está, mirar a la izquierda y precisar el despiste como elemento de acción. Créanme la sola desvinculación del ciclismo del patrono olímpico me suena a suicidio colectivo.

Hay quienes vinculan la suerte de Lance Armstrong a la del ciclismo en general. Nosotros en su día también lo hicimos, pero nuestra intención era otra. Afirmamos que si a Armstrong se le rearbitraban sus siete Tours, se tendría que hacer lo mismo con los dopados confesos.  Hollemos las tumbas de Coppi y Bartali para saber en qué consistía aquello de la “bomba”. Vayamos por ejemplo a Bernard Thévénet, ganador de dos ediciones en los setenta, quien admitió correr corrompido años después. Bjarne Rijs, Jacque Anquetil,… todos explicaron el truco de sus actuaciones fuera de lo normal.

Armstrong mintió varias veces. Juró que nunca se dopó, pero los citados callaron y con su silencio también engañaron. ¿Cuál es la diferencia? A mí entender simple. Nos encanta la carroña. Y quizá hoy más que nunca.

 

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