Otra triste Amstel Gold Race

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Lo hemos dicho mil veces, quizá más, pero no por ello podemos cambiar de criterio o mostrar tibieza: la Amstel Gold Race es un ladrillo cada vez más intragable. No nos pondremos exquisitos, no. No hablaremos de forma peyorativa de los integrantes del podio, a todas luces inesperados e imprevisibles, ni del caché que desprenden. Enrico Gasparotto es un raro ciclista que no mojaba desde que ganó la Amstel hace unos años y ahora ha vuelto, vestido de un maillot que no es World Tour, para engordar su magro palmarés.

Con Gasparotto subieron al podio Michael Valgren, el tercer o cuarto hombre del Tinkoff que hace gala a lo que dicen de él, y Sonny Colbrelli, un corredor que hizo el agosto en los estertores de la campaña italiana de hace dos años, que ahora tiene este podio pero que, curiosamente, sigue en el Bardiani, ajeno al máximo circuito.

Ese es el paisaje, esa es la realidad, la carrera que para el entorno más ciclista de Europa es una fiesta, pero cuyo desarrollo es un auténtico bodrio, lo siento, pero es así. Una carrera que premia el control, y no será por subidas, más de treinta, que privilegia a trotones como Mathew Hayman para ruina de los pocos ciclistas que lo prueban con algo más de ambición, como Tim Wellens, un corredor que a más no tardar tiene que ganar algo grande de verdad, y cuando digo algo grande no me refiero al Eneco Tour, carrera respetable, pero no encumbra como las que nos ocupan estos días.

Sinceramente vi los últimos diez kilómetros, y me sobraron casi ocho, porque el valiente intento de Wellens estaba acabado al fracaso por un Orica que ha ganado grandes carreras y curiosamente nunca con Michael Matthews, el corredor que siempre está ahí, pero no despunta. Como dije al principio, no penséis que este análisis lo mueven los integrantes del podio y su caché.

Hay carreras y carreras, y muchas que no están en el WT, que corren ciclistas desconocidos: por ejemplo mirad el desenlace del Gran Premio de Denain -el terrible sprint de McLay-, del Tro Bro Léon –con un doblete impactante- o la Flecha Brabanzona -Vakoc excelso- para entender que los nombres no hacen el espectáculo, a veces es incluso al revés, el problema es la carrera, su concepción y ese sitio que se tiene por legendario, el Cauberg, que alimenta escasos segundos de emoción pura.

La única alegría de verdad que me llevé de esta Amstel es el emocionante homenaje que el Wanty ha logrado tras la irreparable pérdida de Antoine Demotié. Creo que el recuerdo, el sonado y sentido homenaje que las grandes carreras no le hicieron, o al menos no proyectaron en toda su importancia, se lo ha podido dar un compañero de equipo Gasparotto.

Imagen tomada del FB de la Amstel

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