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Valverde consume nuestra capacidad de asombro

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Valverde consume nuestra capacidad de asombro

Cuando Valverde escriba sus memorias recordará esta semana en letras gruesas, en negrita. Una ensalada, un aluvión de sentimientos en escasos días. De miércoles a domingo. Ganador otra vez de las dos clásicas valonas, otra vez el doblete, mandando, dando el golpe en la mesa, demostrando que camina en otro nivel. Pero la semana perfecta de Valverde se rompió un día antes de la gloria en Lieja, un golpe, un puñetazo en lo más íntimo cuando supo de la muerte de Scarponi, su amigo, su compañero, su colega, a cuya a familia va todo el dinero del premio.

Y ahí estuvo Valverde cumpliendo con todo lo que esperamos de él, siendo un grande en la carretera, sacando punto a un trabajo certero de su equipo y emocionándose cuando lo primero que soltó al micro fue el nombre de Michele y la amistad que le unía a su recién fallecido amigo. Valverde cerró el círculo, otra vez, tres veces ya, ganando Flecha y Lieja, situándose en registros de leyenda: cuatro y cinco, cuatro Liejas y cinco Flechas.

Pero no os engañéis con el resultado, el desenlace fue el otras tres veces en la recta que sigue al muro de Ans, pero el desarrollo final diferente, muy diferente. Esta vez en el grupo sobrevivían ciclistas peligrosos, mucho, corredores que en igualdad de condiciones son más rápidos que el murciano, Matthews y Van Avermaet, principalmente, pero también Albasini y el indescifrable Kwiatko.

Por eso convenía atacar subiendo, aunque fuera cerca de la curva a izquierdas, dejó hacer a Daniel Martin, quien pone velas para que llegue el día que se retire Alejandro, y le dio caza antes de la citada curva, como el irlandés a Purito años atrás. Y en ese momento, con el hueco hecho, con el agujero a favor de Valverde, supimos que eso no se le escapaba. Era el favorito cinco estrellas y cumplió con todos y cada uno de los pronósticos que le tenían marcado. Valverde es sangre azul, clase noble, viaja en business: Volta, País Vasco, Andalucía, Murcia, Flecha, Lieja,… si nos dicen que va camino de los treinta, nos lo creemos, pero no, le cuelgan unos cuantos más, aunque en su pedaleo no se adivine y su moral se mantenga a tope.

Fue otra vez la Lieja de estos años, una olla a presión, una carrera que quema escenarios, otrora míticos, pero ahora estadios hacia el muro de Ans: La Redoute, Roche, el estadio del Standard, los horrendos polígonos de Lieja, San Nicolás,… una carrera más que centenaria marcada por el signo de la modernidad: control, control y más control, con calculadoras echando humo, amargando una fuga que esta vez tuvo visos de inquietud para los grandes, una fuga de héroes cuyos resquicios llegaron hasta el pie de San Nicolás.

Y es que esa cuesta que se empina, que se envenena por esa calle que parecería tomada del corazón fabril del Reino Unido, sigue siendo el punto de inflexión, el momento donde la carrera se te va muchas veces, sin que se pueda poner remedio, porque o no tienes compañeros o piernas para salir a todos los cortes. Parecían fuertes muchos, incluso el que siempre mide mal Wellens, pero hubo uno, como no italiano, que abrió fuego y puso emoción, Davide Formolo, el corredor que llegó a donde Daniel Martin tuvo a bien dejarle.

Esta Lieja no ha sido tan terrible como la del año pasado, se notaba fresco, pero no el frío polar de antaño, sin embargo, esta Lieja lloró, por dentro, en todos y cada uno de los corazones de quienes amamos este deporte, que no podemos entender como nos regala momentos tan opuestos en tan pocas horas. Va por Alejandro, va por Michele.

Imagen tomada del FB de Liège-Bsatogne-Liège

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