Y al fin colgamos las botas

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Incluso saliendo tarde, al ocaso del día, a la fresca, que dirían nuestro abuelos, ningún recoveco de tu ropa se libra de acabar empapado. Para los runners populares como un servidor, llegados a cierto punto del mes de junio, implica alargar una agonía física y mental que con los años y la experiencia compruebas que no lleva a ningún lugar.

Si todo ha sido normal y tu campaña ha seguido los puntos habituales, llevas más de once meses saliendo, a razón de cuatro a seis días semanales, cientos de kilómetros mensuales, varios pares de zapatillas reventados, miles de series de 100, 200, 400 u 800 metros, muchas tiradas largas, una mochila de lluvia, frío, viento, calor e incluso nieve en tu álbum meteorológico… conviene parar.

Y por ello que en junio mi cuerpo dice basta. Por ello, y por que un sofocante verano es el mejor momento para experimentar eso que un día intuí y que se llama golpe de calor, una sensación de ahogo invisible que te golpea cuando menos lo puedes prever. Sí, desde hace unos días colgué las botas. Éstas yacen tranquilas aireándose en un balcón a la espera de una nueva temporada que arrancará a partir de las tres semanas de descanso.

Es así desde siempre, desde que hace diez años me diera por calzarme unas bambas, calarme unas mayas y salir a descubrir cuán enriquecedor puede ser salir a correr un rato. Sí, soy un runner de esos que surgen por cada esquina ávidos de machacar su tiempo en el próximo diez mil con el mejor deseo de quemar los kilillos que sobran y ahuyentar los malos rollos de nuestras nada sencillas vidas.

Las últimas semanas desde que competí en una cursa en Port Aventura han sido una suerte de alargar lo que emocionalmente se dio por concluido el día que superé la marca que perseguía en Cubelles, una población entre Barcelona y Tarragona en el inicio de junio. Han sido unas semanas de descenso en la intensidad con esos momentos impagables como el correr por Collserola sin mayor preocupación que las increíbles vistas que se extendían a nuestros pies y que no eran otra cosa que la inmensidad de Barcelona techada por el azul del Mediterráneo.

Ahora viene días de relax, que no de parón total. Actividades varias son ideales para conducir este paréntesis de baja intensidad con la mejor de las fortunas. En mi caso frontón, algún partidillo de fútbol playero y rutas en BTT que pongan en evidencia mis nulas capacidades para descender trialeras. Nada que no salga de lo normal aunque eso sí, con una obsesión, coger la menor cantidad de kilos fruto de postres caprichosos y pegajosos que se agarran a tus “lorzas” intermedias con tal saña que soltarlos es una tarea ardua y complicada.

Este es el primer post de lo que espero sea una actualización si no diaria, casi, del cuadernillo runner de Joan Seguidor, un espacio nacido precisamente por la cantidad de gente que como un servidor ama el ciclismo pero le apasiona correr por que son incapaces de estarse quietos. Cuando vuelva, con las bambas bien aireadas y algún pliegue de grasa de más, continuaremos, ésta ha sido nuestra bienvenida.

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