Ya hemos roto el hielo

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Sin saber porqué ni cómo, tu despertador te sobresalta a las siete de la mañana. Te incorporas, desorientado, piensas qué coño pasa. Miras la hora, piensas y te dices “ya está, hoy debutamos”. Sí hoy empieza el nuevo ciclo a tomar forma, la primera carrera tras la carbonilla veraniega, la primera después de unas tres semanas saliendo no más de una hora pero con la cabezonería y corazón que optamos por darle a todo esto.

Camino de Cubelles nos espera una carrera complicada, al menos para un servidor. Mis tobillos de mantequilla han estado ajenos a toda carrera de montaña durante más de cuatro años. Es más, la última que hice, allá por las laderas de Vilanova i la Geltrú acabó en doble ostión en un descenso. Mis escasas habilidades en el salto sobre salto en las bajadas, buscando la piedra certera, aquella que no traicione tu estabilidad, y todo eso hacerlo tino gracia y rapidez, no es lo mío.

Con esas reservas me planto una hora antes de la salida en lo que parece haber sido una verbena de vino y catas que lamento haberme perdido. “Al otro año vengo” comento. Dorsal, café, evacuación de rigor en el baño más cercano y salgo a rodar. A pesar de la lluvia del sábado tarde, no es complicado romper a sudar, el sol, aunque con la timidez que anuncia el otoño, ya calienta. El tono es bueno, la señal se va a dar estamos preparados. Por delante 10.000 metros por las montañas de Cubelles en direccion a Cunit y volver. Es decir, caminamos en el umbral de Barcelona y el zaguán de Tarragona. Tierra de frontera ésta.

Zas, arrancamos cuesta abajo y por asfalto. Ritmo veloz como hacía tres meses que no probaba. No tardan en llegar las primeras rampas. Entramos en un patatal a mano derecha, mantenemos la posición. Vamos en el top 25, así, malcontados. Cuando la subida se hace explícita y la anchura de la pista lo permite entramos en ritmo crucero. No se trata de exprimirse pero sí dar el punto de velocidad que permite adelantar gente con rapidez.

Buen ritmo, mejores sensaciones, ajeno al jadeo y sufrimiento que percibo alrededor, echo mano del primer avituallamiento. Arrojo media botella por la cabeza, hago cuatro gárgaras mal hechas y sigo. Antes del cuarto kilómetro craso error, la zapatilla pierde contacto con el pie, el cordón se destensa, paro, abrocho y sigo, medio cegado que confundo el camino. Por detrás me chillan “nen, por ahí no”. Seré imbécil, pienso y prosigo. Poco después el cordón, otra vez. Si José lo supiera. Poco después yerro en el camino, otra vez.

Estamos cerca de la cima, a unos cuatro y medio de la meta. El que tenía delante lo pierdo por el puto cordón, así que toca paciencia. Empieza el descenso y vuelven los problemas. Con la torpeza que describí bajo el ritmo preso del celo y precaución. Aquello era pedregoso e irregular, pero la humedad de las lluvias pusieron bajo de mí un espejo que resbalaba de cojones. Me adelantan uno, dos, tres, cuatro,… “os vais a enterar” pienso.

Cuando la bajada se desnuda de peligro, pongo la carne en el asador, pequeño repecho y los que me superaron, incluso aquel que tuve a tiro hasta que el jodido cordón me puteó, vuelven a estar a la vista. Les adelanto, uno a uno, aquí hay descenso pero por carretera, ahí donde los malditos tobillos laxos no me la jugarán. Voy a tren hasta meta y esprinto. Al rato me he dado cuenta que valió la pena pues me supuso un top ten, décimo, sí, de ciento y pico en una carrera cuyo nivel no es nada del otro mundo. Poco menos de diez kilómetros en 44´30´´, no está mal. No sé cuánto volveré a competir en montaña, me gusta mucho, pero veo que en cualquier momento me voy por la cuneta. Quizá necesite la terapia de Thiabut Pinot, pero él tiene pasta para pagarla, yo no. En todo caso la primera al saco.

Y es que cerraba esta semana la primera serie de salidas con cierta exigencia aunque nada que ver con lo que ha de venir. Cinco días saliendo a correr, de lunes a viernes, sin descanso y buenas charlas arreglando el mundo. Cierro la semana con más de sesenta kilómetros. En unos días quiero empezar la parte sustancial, series y demás menesteres para abordar 1 hora 21 minutos en la media de Tarragona. Queda tiempo y nos encontramos bien. Eso es lo que cuenta.

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